Re-edit, he ahí la expresión… Por si no la recuerdan, se puso de moda hará unos cuatro años a raíz del trabajo de varios productores que se dedicaban a reelaborar en la clandestinidad (esto es: no pagaban licencia alguna por usar material ajeno) temas del momento y de siempre huyendo del típico remix: no amasaban pistas por separado, sino que adornaban tracks originales. El gran impulsor y dominador de esa técnica fue el francés Pilooski, a la sazón una de las mitades del proyecto bicéfalo Discodeine. La otra es su amigo y paisano Pentile, otro instigador de la electrónica subversiva pero, en su caso, jugando a mezclar beats digitales con música clásica (los más malvados que no piensen en un Luis Cobos del país vecino o algo semejante). La conexión de estos dos elementos adictos al mascarpone sólo podía dar como resultado un álbum como su debut homónimo, “Discodeine” (DIRTY, 2011): un mural sonoro multiforme, fresco a la par que opresivo, por momentos caprichoso al rebotar cual bola de pinball de un estilo a otro. Como reza la nota oficial de su biografía, los pilares de su obra se asientan en un conglomerado de música de club, ritmos analógicos y kraut frío y tenebroso que ellos mismos etiquetan como disco futurista. Estos serían las coordenadas básicas entre las que se acotaría este LP y sobre las que agudizar el oído porque, si hubiese que extrapolarlos a sus influencias, lo mejor sería acudir directamente a su cuenta de MySpace y analizar la sorprendente y extensísima lista de nombres que, se supone, campan a sus anchas por sus cabezas y dejan su huella, de una u otra manera, en este trabajo.

Realmente, sería una farragosa tarea de espeleología escrutar al detalle cada composición para certificar en qué medida se nota esa presencia en “Discodeine”, con lo cual se recomienda fijarse principalmente en la particular forma del dúo de (re)interpretar los cánones de la electrónica y en la posibilidad de que la doble P de sus iniciales se inscriba en el devenir próximo de la música sintética. Tampoco es que estemos convirtiendo a Pilooski y Pentile en los nuevos Thomas Bangalter y Guy-Manuel de Homem-Christo, por aquello de equipararlos a una pareja (para más inri, también francesa) que, con el tiempo, pasó de reverenciar a sus referencias a ser reverenciada. Pero sí convendremos en reconocer que Discodeine poseen un electro-mojo especial, ya mostrado en los dos cortes precedentes (publicados como singles) incluidos en este largo: “Singular”, un pepinazo de pulsión no-wave y desarrollo libidinoso, convenientemente lubricado por la voz de Matías Aguayo, que penetra sin roces en el oído y vacía su pegajosa melodía construida sobre sintes cremosos; y “Synchronize”, pieza rompepistas desarmante y retorcida guiada por un Jarvis Cocker que aparece arropado por una madeja de violines y un piano clásico por los que matarían Hercules & Love Affair.

La intervención del líder de los resucitados Pulp (que volvía a chapotear en charcos binarios siete años después de que finiquitase su proyecto Relaxed Muscle y tres de su colaboración con Air en “Pocket Symphony”; Virgin, 2007) funcionó como reclamo publicitario ideal para el dúo, aunque confundió a aquellos que creían que iba a sacarse de la manga un disco dance al uso (similar al último de The Count & Sinden, por poner un ejemplo) o un producto de fácil digestión o, al menos, de dócil escucha… En parte sí que sigue esas trazas: “Falkenberg” cubre la obligatoria cuota tropicalista al recurrir al steel drum (instrumento machacado hasta la saciedad por El Guincho) para dibujar una de las pocas sonrisas de “Discodeine”; y “Ring Mutilation” y “Grace” aplican una capa esquizoide a los parámetros del 4×4. Sin embargo, la intro y la coda final de “Antiphonie” (sobre la que podía haber deslizado sus agudos lamentos el David Lynch cantante) y la parsimonia de “Invert” (oscura como la habitación donde duerme Matthew Dear) avisan de que este álbum escudriña las cavidades más profundas de la mente, saca a flote miedos del subconsciente y convierte sueños nocturnos en eternas estampas en blanco y negro. Precisamente, la figura de Baxter Dury (vástago de Ian Dury) se queda atrapada en medio de esos paisajes imaginarios lúgubres durante “D-A”, y el miedo crece a medida que avanza lenta, pero sin descanso, “Homo-Compatible” (rescatada de un antiguo single de 2008). En este punto es donde “Discodeine” muestra su cara más esquelética y esquemática, humedecida por los vapores de Burial y el techno minimal más sombrío (“Relapse”, “Figures In A Soundscape”).

Como pueden comprobar, a Pilooski y Pentile parece que les va la marcha, pero no la de las luces de neón y las pistas de baile cool, a pesar de que, debemos repetirlo, “Synchronize” está provocando que dance hasta el más descoordinado del pueblo… No, ellos prefieren moverse entre los cuerpos desmembrados que vagan por los escenarios de “The Walking Dead” y montar con esas almas descarriadas festines desconcertantes puestos hasta arriba de su peculiar droga: la discodeína. Prepárense para recibir un buen chute de esta ambrosía musical y empezar a pensar, como quien no quiere la cosa, en lo rica que debe de estar la carne de los muslos de sus vecinos…

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