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En el año 1948, Ray Bradbury publicaba su “A Medicine for Melancholy“: un compendio de relatos futuristas (aunque, leídos a día de hoy, bien podría tachárseles de retro-futuristas) en los que la humanidad encontraba el remedio para la melancolía de la sociedad post-industrial en nuevos mundos intergalácticos y cósmicos que proporcionaban la posibilidad de cambiar de lugar, incluso de planeta, para acabar por admitir que somos los mismos independientemente del entorno. El hombre bradburyano es optimista y noble por naturaleza… Y en parte se entiende que, sin haber descorchado todavía una segunda mitad del siglo XX que traería consigo varias revoluciones tecnológicas, la humanidad entera mirara hacia el futuro con una esperanza colonizadora y totalitaria que el mismo escritor inmortalizó en un pasaje como el que sigue…

 

Esta noche, pensó el hombre, aun cuando fracasemos esta primera vez, enviaremos una segunda y una tercera nave e iremos a todos los planetas, y más tarde a todas las estrellas. Y avanzaremos todavía más hasta que las palabras importantes, como inmortal y eterno, cobren sentido. Palabras importantes, sí, eso es lo que queremos. Continuidad. Desde que nuestras lenguas se movieron por primera vez en nuestras bocas, hemos estado preguntando: ¿Qué significa todo esto? Ninguna otra pregunta tenía sentido. Respirábamos el aliento de la muerte. Pero si desembarcamos en diez mil mundos que giran alrededor de diez mil soles desconocidos, la pregunta se desvanecerá. El hombre será infinito y eterno, así como el espacio es infinito y eterno. El  hombre perdurará, como perdura el espacio. Los individuos morirán como siempre, pero nuestra historia se extenderá tanto, que ya no necesitaremos escudriñar el futuro, sabiendo que sobreviviremos mientras haya tiempo. Conoceremos la seguridad, y por lo tanto la respuesta que tanto buscamos. Agraciados con el don de la vida, lo menos que podremos hacer es preservar el don de lo infinito. Una meta digna de nuestro esfuerzo.”

Más de medio siglo después, ¿qué  nos queda de aquel ímpetu optimista? Más bien nada. Y es este sentimiento de profunda derrota con el que Damon Albarn parece lidiar de forma preeminentemente melancólica en el que es el primer disco que viene firmada por él en solitario: “Everyday Robots” (Parlophone, 2014). Justo cuando el regreso de Blur ha revolucionado a los fans más dinosáuricos del indie (los mismos que disfrutaron de la gira del año pasado y que disfrutarán ese disco que todavía no tiene fecha concreta de lanzamiento pero que sí que se sabe que llegará… tarde o temprano), Albarn por fin se decide a “debutar” en solitario: después de escribir sobre los márgenes de la historia de la música primero con Blur y después con Gorillaz, tras haber experimentado con la composición de óperas y de bandas sonoras para películas, de haber colaborado con Dios y con su madre y de haberse convertido en el paladín buenrollista de una verdadera world music… Después de todo eso, por fin tenemos entre nosotros un disco firmado por el nombre Damon y el apellido Albarn, sin subterfugios, sin máscaras, sin los proyectos megalómanos en el interior de los cuales a este enfant travieso de la música contemporánea siempre le ha gustado esconderse.

Como decía más arriba, no podía pedirse más al primer disco en solitario de alguien que, cuando ha preferido rodearse de buenas compañías, ha salido victorioso en gestas colosales… Tampoco quiero que nadie me malinterprete: “Everyday Robots” no es uno de esos discos en los que la música se aborda como algo narrativo, como pura literatura. No es, al fin y al cabo, el reverso oscuro de la pluma de Ray Bradbury. Al fin y al cabo, la mayor parte de las metáforas e imágenes líricas a las que recurre Albarn no son ni complicadas ni pretenciosas en exceso: el concepto de los humanos del siglo 21 como “everyday robots” (“robots del día a día“) no es para nada sofisticado y ha sido utilizado hasta la saciedad en la cultura postmoderna. Abundan en este disco las letras en las que los dos conceptos del título (la hipertecnología gangrenante implícita en “robots” y la cotidianidad apática del “everyday“) se entrelazan de forma dulce y sosegada. La titular “Everyday Robots“, que se abre con una cita preclara del cómico británico Lord Buckley, construye unos sólidos cimientos sobre los que se erigirá el resto del álbum: “We are everyday robots on our phones / In the process of getting home / Looking like standing stones / Out there on our own / We’re everyday robots in control / Or in the process of being sold / Driving in adjacent cars / ‘Til you press restart“.

A partir de ahí, el resto del álbum se ve completamente preñado de referencias tecnológicas trenzadas en una sedosa maraña de nostalgia. Puede que la canción que mejor atrape este sentir sea “Lonely Press Play“, con la repetición continua a modo de mantra de “When you’re lonely, press play” y de “When I’m lonely, I press play“. Pero tampoco hay que pasar por alto la capacidad que demuestra en este disco Damon Albarn para construir una poesía donde las formas secas y cortantes, donde los bordes romos y la atomización de las imágenes al borde del sinsentido son incapaces de aniquilar la belleza intrínseca a esta melancolía de la que el artista no parece poder desprenderse: en “The Selfish Giant” se lamenta de que “It’s hard to be a lover when the TV is on and nothing’s in your eye“; mientras que la futilidad de los esfuerzos del pasado brota de forma doliente en “Hollow Pond” y su disertación “In the green woods where you walked with me / Ship on hollow ponds was filled / Up with the dreams we shared on our CDs“. La principal consecuencia de esta era de la comunicación hipertecnificada es (como no se le escapará a nadie) la desconexión, la incomunicación, la alienación… Y hacia todos estos conceptos apuntan letras tan hermosas como “When the LCD are all the player ones you can be / Put your foot down in the right hand lane / If you are with me / ‘Til the trains re-route / And the rush-hour is come / And the May frequencies / Have sent you to sleep” (en “Hostiles“) o “Somedays I look at the morning trying to work out how I got here / Cause the distance between us is the glamour’s cost / Late night on the shop floor what language was i speaking / Not sure I remember the thrill and fall” (en la desarmantemente hermosa “You & Me“)

Pero repito: puede que haya a quien todos estos recursos literarios le parezcan una memez que ya se ha repetido hasta la saciedad en la cultura de las últimas décadas. Lo que no se había hecho hasta el momento, sin embargo, es encontrarle el envoltorio musical pluscuamperfecto. Y de eso va precisamente “Everyday Robots“, que viene a ser algo así como tomar el optimismo celebrativo de las anteriores producciones al alimón de Albarn y su compañero de fatigas Richard Russell (con quien ya colaboró en “I’m New Here” -XL, 2010- de Gil Scott-Heron y en “The Bravest Man in the Universe” -XL, 2012- de Bobby Womack, y con quien vuelve a colaborar en el presente trabajo) y desnudarlo hasta dejar al descubierto un esqueleto de materiales sintéticos: lo que en los otros discos era un alma (a saber: puro soul) que brillaba hasta cegar, en este caso pasa a ser una fascinante llama flamenca en proceso de congelación. Albarn y Russell vuelven a casar instrumentación clásica (las cuerdas de la apertura con “Everyday Robots” y “Lonely Press Play“, el piano de “The Selfish Giant” y “You & Me“…) con recursos puramente digitales (esas bases rítmicas casi líquidas sobre las que bailan casi todas las canciones del lote), siendo la novedad en este caso algunos toques de reggae e instrumentos exóticos. El resultado es un fascinante blasón de calidez gris que cubre la totalidad de “Everyday Robots“, confiriéndole un empaque y una homogeneidad que te obliga a concebir y consumir el álbum como en un conjunto indivisible.

Y aunque es cierto que el disco se cierra con el único atisbo real de optimismo (esa sublime “Heavy Seas of Love” donde Brian Eno pone voces y filosofía new age), es imposible sobreponerse a la idea general de que estamos acabados. De que no podríamos estar más lejos del ideal de Ray Bradbury en su “Remedio para la Melancolía“… No hemos conquistado otros planetas ni otras estrellas. No hemos conseguido ser eternos e infinitos. No hemos conocido la seguridad. Y lo más jodido de todo es que, tal y como apunta Damon Albarn en este trabajo, incluso le hemos perdido el gusto a preguntarnos: “¿Qué significa todo esto?“.

 

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