En el año 2006, y a través de su novela “Las Asombrosas Aventuras de Kavalier y Clay“, Michael Chabon sintetizaba a la perfección el último salto mortal de una figura que ya había sido vital para entender la realidad socio-cultural del siglo XX pero que, con la entrada del nuevo centenario, mutaba en algo nuevo y complejo: si la centuria pasada se vio marcada por la impostura, Chabon acertaba de pleno a la hora de proponer la renovación por la vía de un nuevo paradigma de escapismo. El impostor pasaba a ser escapista, y la huída de Jean Valjean parapetándose tras una personalidad ficticia se quedaba corta para todo un conjunto de personajes que no se conforman con un cambio, sino que hacen de ese cambio su modo de vida. Esta nueva imposición del escapismo como figura fascinante no es algo exclusivo de la literatura (ni de Chabon): en cine se puede seguir la pista de múlitples escapistas que van desde el Frank Abagnale Jr. de “Atrápame si Puedes” (Steven Spielberg, 2002) hasta el Juan Pujol de la fascinante “Garbo. El Espía” (Edmon Roch, 2009). Y en música, mucho antes de que Chabon se planteara las andanzas de sus míticos Kavalier y Clay, ya teníamos entre nosotros al escapista por excelencia: Bonnie ‘Prince’ Billy.

Quien piense que la huída de Will Oldham se limita a vestir los ropajes de Bonnie ‘Prince’ Billy es que no conoce la historia de este autor. Empezando porque su propio nombre artístico es mutante hasta decir basta (trabaja bajo otros nombres como The Babblers, Bonnie Billy y Will Oldham, eso sin contar las múltiples colaboraciones que le han llevado al lado de acompañamientos como Tortoise, (su eterno) Matt Sweeney, The Cairo Gang o The Picket Line) y acabando porque sus canciones, al fin y al cabo, nunca tienen una forma definitiva y parecen vagar informes provándose los disfraces que más les apetece (a nadie le sorprende a estas alturas que temas como “At Break of Day” o “A Wolf among Wolves” resulten prácticamente irreconocibles en directo). A ello hay que sumar que, incluso bajo el apelativo de Bonnie ‘Prince’ Billy parecen vivir, por lo menos, cuatro artistas diferentes pero cercanos: el sátiro cachondo que se toma la música como un jolgorio (sería el Oldham de “Beware” -Drag City, 2009- o el de “Funtown Comedown” -Drag City, 2009-), el alma lírica a la búsqueda de la belleza melódica (y que la encuentra en un disco tan sublime como “The Wonder Show of The World” -Drag City, 2010-), el apenado cantautor dispuesto a rozar lo gótico si con ello consigue plasmar la negritud de su interior (el preferido por aquellos que vibraron con los magistrales “I See A Darkness” -Palace, 1999- y “The Letting Go” -Spunk, 2006-) y el músico pastoral al que no cuesta imaginar en la soledad de las pasturas montañosas (perfectamente personificado en el díptico formado por “Ease Down The Road” -Spunk, 2001- y “Master & Everyone” -Domino, 2003-)…

Así las cosas, ¿ante qué Bonnie ‘Prince’ Billy nos encontramos cuando nos ponemos ante su último trabajo, “Wolfroy Goes to Town” (Domino / PIAS Spain, 2011)? Para empezar, hay que constatar que, con una carrera como la suya y en un momento en el que la mayor referencia de Oldham es él mismo, el juego de las influencias y parecidos se queda corto. Claro que se pueden recurrir a los clásicos de siempre: en esta ocasión, y más que nunca, el artista suena a un Neil Young al que le hayan extirpado el gen de la ampulosidad, a un Kevin Ayers desnudo en medio del campo nocturno o al eterno combo de voces rupestres entre Gram Parsons y Emmylou Harris (ya mencionado en sus duetos con Dawn McCarthy en “The Letting Go” y que aquí vuelven a alcanzar un nivel de intensidad cercano al deleite gracias al contraste de la voz del cantante con la de Angel Olsen). Si avanzamos en el tiempo, no es difícil pensar aquí en el primer Iron & Wine antes de su quiebro ochentero (para placer de todos aquellos que prefieren los primeros discos de Sam Beam), en un Mark Kozelek lejos del ensimismamiento y sin estar a dieta raquítica e incluso, si ponderamos la limpieza de sus instrumentos despojados, un José González nacido en Texas. Si entramos en el campo de los amigos y conocidos, es inevitable pensar en el colegueo entre Oldham y David Tibet (Current 93) cuando te topas con el final de salmodia religiosa de “Cows” o con los coros de misa pagana en “New Whaling“.

Pero, como decía un párrafo más arriba, es inevitable pensar en “Wolfroy Goes to Town” poniéndolo contra el resto de personalidades de Bonnie ‘Prince’ Billy… Lo más acertado sería afirmar que este nuevo álbum suena como Oldham revisitando a los tiempos de “Ease Down The Road” y “Master & Everyone” llevando en la maleta el ticket del peaje pagado en las zonas pantanosas de “The Letting Go“. Un punto medio entre la luz de los dos primeros y la oscuridad del tercero. Música de día tocada de noche. Eso sí, de forma inusitada en una carrera construida sobre discos que siempre parece estructurarse alredor de dos o tres canciones “eje” sobre la que orbitaban el resto, “Wolfroy Goes to Town” es un álbum homogéneo que hay que consumir del tirón y que adquiere su verdadera valía cuando se paladea en su conjunto. Puede que ninguna canción destaque por encima del resto por mucho que sea inevitable enamorarse del vals sureño de “No Match“, del impresionante y gótico uso del chelo en “There Will Be Spring“, de los coros en stop motion de “New Tibet“, del folk apache de “Quail and Dumplings” o de la dulce opacidad de las ya mencionadas “New Whaling” y “Cows” (y esto es un recorrido personal que seguro que es variable dependiendo del oyente). Pero es que la verdadera fuerza de lo nuevo de Bonnie ‘Prince’ Billy no está en sus golpes por separado, sino en la belleza con la que se coreografían esos golpes proporcionados por un nuevo príncipe nacido a partir de la fusión entre dos Bonnies ya conocidos… Al fin y al cabo, ¿no se ha basado siempre el mejor pedigrí en vigilar la calidad de las partes que copulan? En “Wolfroy Goes to Town” habita, entonces, al escapista con mejor pedigrí.

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