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Hagamos un recuento así a lo burro: desde que Kelis nos dejara a todos mirando pa Cuenca y con un dedo en el culo gracias a su gigantesco “Flesh Tone” (Interscope, 2010), todas -y cuando digo todas, quiero decir TODAS- las gallinas del corral se han ido engalanando con su mejor maquillaje garrulo. Lady Gaga perdió el norte a este respecto y  ya no sabe si es una garrula, una planta, una máquina o un animalito, pero hay que reconocer que a otras no les ha ido tan mal: Rihanna vio la virgen de Fátima la primera vez que Calvin Harris le produjo un temazo poligonero, y Britney Spears decidió que si había que ser choni, ella iba a ser la más choni del lugar (hasta el extremo que es muy lícito dudar si alguien superará algún día el nivel de chonismo de su maravillosa “Work Bitch“). Es en el marco de esta carrera (una carrera de mamarrachas que corren en tacones describiendo círculos concéntricos en un polígono) donde la figura de Beyoncé se agiganta cada vez más a base de, básicamente, hacer lo que le sale de la punta de la pipitilla.

Su anterior “4” (Columbia, 2011) ya decidió obviar los influjos garrulos que se estilaban desde el 2010 para lanzarse de cabeza hacia los formalismos del pop negro a lo girl groups (algo en lo que, por cierto, al final Janelle Monáe le ha pasado la mano por la cara con su “The Electric Lady” -Bad Boy, 2013- a base de obviar la mímesis practicada por la Knowles y lanzarse a la revisión y ampliación practicada desde la postmodernidad). Pero es que en su nuevo “Beyoncé” (Columbia, 2013) es donde parece que B ha encontrado por fin su voz definitiva, totalmente a margen de modas o de revivals que se le metan a la señora entre ceja y ceja. Lo mejor de todo es que la diva sabe que una buena voz es aquella capaz de alcanzar cuantos más registros mejor, así que “Beyoncé” acaba destacando por ser un retrato apasionante de la femineidad del siglo XXI: una mujer con muchas caras, y todas alejadas del cliché en el que se ha convertido la poligonera de sexualidad supuestamente exhuberante que no hace más que perpetuar una visión masculina de la erótica femenina.

Hay muchas Beyoncés en “Beyoncé“… El disco se abre con su versión más extrovertida y explosiva, fiestera y juguetona. “Pretty Hurts” consigue salir indemne de una arriesgada pirueta mortal en la que pretende casar los bombos cluberos con el rollo torch song de diva de toda la vida, mientras que “Haunted” referencia ya desde el principio esa hauntología a la que muchos nos lanzamos desde el advenimiento del witch house: atmósferas oscuras, supremacía del ambiente por encima del esqueleto formal. Eso es algo que B mantiene a lo largo de todo el disco, como demostrará la dupla killer que sigue: “Drunk in Love” sería el equivalente postmoderno a los electroshocks como terapia de cura a la homosexualidad (quien no se sienta atraído por el género femenino al completo escuchando este temón es que tiene un problema muy grave), y “Blow” hace pensar que en la posibilidad de que la música disco sobre patines resucite sobre una piel puramente negra. Recapitulemos: ya nos hemos encontrado una Beyoncé baladera, una Beyoncé darks, una Beyoncé pornográfica y una última Beyoncé enganchada al revival discotequero. ¿Qué otras Beyoncés podemos esperar en este disco? Tenemos una Beyoncé capaz de dejar en el esqueleto las rítmicas de raíces étnicas de M.I.A. (en “Partition“), una diva del nuevo R&B (en esa “Mine” que comparte con Drake o en esa otra “Superpower” junto a Frank Ocean), una apisonadora capaz de pasar por encima de los estadios más atestados (en ese himno inevitable en el que se va a convertir “XO“), una vengadora que reivindica a las raperas noventeras que inventaron eso de ir de malotas por la vida (en esa “***Flawless” en la que comparte protagonismo con un discurso de Chimamanda Ngozi Adiche)…

Y, al final, por mucho que nos joda, está la Beyoncé madre que le dedica a su hija un tema de belleza incontestable y fragilidad de vidrop como “Blue“. Porque no olvidemos una cosa: la Knowles puede ser la fantasía sexual de medio planeta y una diva capaz de actuar en Glastonbury y que no se la coman con patatas, pero por encima de todo eso es esposa y madre. No voy a entrar aquí en la ñoñería de decir que mejor le iría al género humano si las nuevas generaciones de chicas dejaran de mirarse en figuras absurdas como la de Katy Perry y convirtieran en su única ídola a esta mujer que demuestra que se puede ser profesional pero cañera en lo que concierne a la fiesta, sexual pero monógama, madre pero buenorra. Eso ya lo está diciendo todo el mundo. Lo único que puedo decir yo es que, escuchando “Beyoncé“, siento esperanza por la humanidad en general (gracias al modelo de femineidad que propone) y por la industria musical en concreto (debido a su capacidad para publicitar valores positivos que no caen en las redes de lo vacuo). También puedo decir que, escuchando “Beyoncé“, siento que por fin he encontrado ese disco que, siendo yo más de carne que de pescado, conseguiría ponerme a tono en el caso de que tuviera que chuscarme a una señorita. Pero ese es otro cuento -algo chino- que, como decían en “La Historia Interminable“, merece ser explicada en otro momento y en otro lugar.

 

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