Ay, el pop sueco… Esa extraña ramificación que desde ABBA a The Radio Dept., y de The Soundtrack of Our Lives a nuestros días no ha parado de crecer. Esa curiosa multiplicidad de proyectos de corte luminoso, por lo general positivo e híper productivo. Esa nueva generación de bandas que, durante un tiempo, parecía que iban a comandar el nuevo pop contemporáneo anglosajón (sin ser ellos anglosajones, que manda cojones). Esa escena que hemos visto y vemos crecer entre el sello Labrador (propiedad del incombustible Johan Angergård, líder, además, de Acid House Kings, The Legends y Club 8, que se dice pronto) y esos grupos que, de tan veloces, dejan huella con melodías que parecen nacidas de una fiesta empastillada a más no poder. Pues entre toda esa maraña, un grupo más: Friska Viljor. Pero… ¿un grupo más? El dúo compuesto por Daniel Johansson y Joakim Sveningsson llevan ya seis años haciendo mover el esqueleto al personal a la par que lo vuelven reflexivo desde una perspectiva de acústica positiva. Es posible que aún no hayan dado con la piedra filosofal para despuntar una carrera a base de hits como sí han conseguido compañeros de generación como Peter, Bjorn and John, Shout Out Louds, Lacrosse o Those Dancing Days, entre otros, pero que con “The Beginning of the Beginning of the End” (Haldern Pop / Green Ufos, 2011), su cuarto disco de estudio y el más eclécticamente armónico de todos, se acercan severamente a un curioso apocalipsis luminoso y (fuck yeah!) consiguen captar con astucia, buenas canciones y hits redentores la atención de la masa: tanto de la enfervorecida como de la analista. Ya tocaba.

Si con “For New Beginnings” (Crying Bob Records, 2009) el buen par de suecos se asentaban y se confirmaban como una de las bandas más cercanas al buenrrollismo tranquilo y activo-pasivo, con este cuarto trabajo logran conectar con las tres zonas que fueron pisando en estos primeros seis años de vida. Posiblemente no tenga la espontaneidad de aquel “Bravo“(Crying Bob Records, 2006) descarnado, doloroso y súper natural (aunque algo amateur), quizás no hayan logrado repetir esa tangente melódica tan cerca de la new wave más gayer (la de The Cure, a quienes parecen dedicar, incluso, una canción) de su segundo álbum, “Tour de Hearts” (Crying Bob Records, 2008), ni homogeneizar su sonido entre la excitación adolescente y la pausa a medias entre el rock mestizo balcánico y el seso de Amanda Palmer, Devotchka, Matt Costa y Emiliana Torrini de su anterior placa, “For New Beginnings“, pero con este “The Beginning of the Beginning of the End” logran arrancarse por paseos entre todas aquellas zonas, madurarlas y jugar más a favor del pronunciamiento de un material pesado e imperecedero que pasa por encima de la instantaneidad de la comida basura. Friska Viljor escupe, pero se queda. Ya ni son el dúo amateur sin rumbo, ni esos chicos que no eran ni tan acústicos ni tan eléctricos, ni tan bailongos ni tan sesudos.

Por momentos, arremeten contra sí mismos con materiales que se acercan a la épica de estadio claramente identificable con bandas como Arcade Fire (“Come On” o “You Meant Nothing”: dos de los pelotazos más conseguidos de su carrera junto a, posiblemente, “Old Man” e “If I Die Now”), por momentos se trenzan en una batalla ultra excitada de vientos, tartamudeos, teclas ochentosas, glockenspiel y melodías lunares (“Larionov”) o desarman su vertiente acústica que antes se acercaba al coñazo para transformarlas en canciones luminosas, crecientes, bien arregladas y dejando hueco para las armonías poderosas (“To Be Alone” y “Useless”). A pesar de ellos, probablemente causen especial simpatía temas como “What You Gonna Do” (canción de garito sueco y uno de los nuevos grandes himnos indies para borrachos) o la épica iconoclasta, cargada de una producción milimétrica y un tarareo constante que sobrepasa los siete minutos sin necesidad de esperar el final (silbidos, glockenspiel, melódica: música de carruseles para acabar una fiesta a las siete de la mañana apagando las últimas luces de la noche -y encendiendo las de la resaca-) como “People and So On”. Aún así, composiciones como “Did You Really Think You Could Change” lucen un tufillo muy cercano a los exitosos Mumford & Sons y se postula como posible single redentor de una carrera sedienta de éxito (o quizás no, pero no les vendría mal un empujón de radiofórmula); o el buen rollito a lo Jason Mraz de la balcánica “My Thing” también insinúa lo mismo. ¿Nuevos tiempos para la lírica melódica y la cercanía masiva para Friska Viljor? Ojalá, queridos.

[Alan Queipo]


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