EL JUEGO. Hay veces que marcas en tu cabeza un juego como “cuando salga va a ser mío sí o sí” porque los pantallazos te sorprenden, porque el trailer plantea un gameplay o una ambientación atractivos o porque lees por ahí el argumento y te parece bien original. Lo de “Dishonored“, desde un buen principio, fue lo que en determinados bares de carretera llaman “un completo”: los pantallazos dejaban a las claras la potencia gráfica del juego, el gameplay parecía aunar elementos de otros éxitos (sigilo, asesinatos silenciosos, magia, armas… todo en primera persona), los trailers mostraban una ambientación retrofuturista decadente propia de una superproducción hollywoodiense y, sobre todo, el argumento proponía una de esas historias en las que sabes que te va a apetecer perderte durante mucho, mucho tiempo. ¿Que en su momento todo el mundo ya hablaba de “juego del año” sin haberlo catado? Pues sí. ¿Que todo el mundo sigue hablando de “juego del año” después de haberlo disfrutado? Pues también. Y de una forma más que justificada…

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PRIMERA PARTIDA. Lejos de esos juegos que optan por el shock iniciático como proceso de aprendizaje, “Dishonored” opta desde un buen principio por la curva de aprendizaje asimilable. De hecho, no podía arrancar de forma más plácida: con el protagonista siendo transportado en una barca a través de un río, mientras se te permite divisar tranquilamente el paisaje de la ciudad de Dunwall. Ya en ese momento se deja caer en la conversación con el barquero que hay una plaga preocupante que está asolando a toda la ciudad, pero lo cierto es que, desde la embarcación y con el cielo azul brillando sobre tu cabeza, la cosa no parece tan grave. Una vez desembarcas, se te exorta a visitar a la Emperatriz, aunque por el camino puedes entretenerte jugando con la princesa (y, de paso, aprender sosegadamente los principios de escondite que sabes que más tarde te serán de mucha ayuda). Pero las cosas no tardan en salirse de madre: mientras hablas con la Emperatriz, unos tipos aparecen de la nada (y esto no es una expresión figurada: aparecen de la nada literalmente, por arte de magia), la asesinan, secuestran a su hija y te dejan con el cadáver entre los brazos. El consejero de espionaje de la Emperatriz no tarda en utilizar lo ocurrido para inculparte y meterte en la cárcel… Bienvenido.

Cuando ya estás en tu celda, de repente alguien te trae algo de comida con una nota y la llave para escapar. La misiva es de alguien que dice ser tu amigo y que te proporcionan las instrucciones necesarias para salir de la prisión cuanto antes mejor. Pero que tengas las instrucciones para hacerlo no significa que vaya a ser algo fácil… Tus primeras armas son una espada y una escopeta, pero desde el primer encontronazo con los guardias (porque es inevitable que el primero de ellos te pille haciendo el canelo por ahí y avise a otros enemigos para que se te tiren encima rollo marabunta killer) te haces consciente de que lo mejor va a ser pasar desapercibido. Pero incluso sabiendo eso, aún falta un rato para que te des cuenta de que no sólo tienes que matar silenciosamente, sino que también debes ocultar los cuerpos para que el resto de contrincantes no sospechen que algo raro está pasando y se pongan a buscar al culpable del festín sangriento que has dejado en medio del pasillo (muy en la línea, por ejemplo, de “Deus Ex: Human Revolution“). Lo más natural es que tu escapada de la prisión acabe siendo menos una estilosa aventura y más un elefante en una cacharrería. La cosa no mejora cuando tienes que atravesar las alcantarillas para reunirte con un barquero que te lleve hasta los “amigos” que te han facilitado la huída.

Aquí empieza lo bueno. Una vez junto a tus salvadores, te enteras un poco de qué va la cosa: la ciudad está al borde del colapso por culpa de una plaga que ha diezmado a gran parte de la población y ha llevado a cerrar en cuarentena a grandes espacios de la urbe. La muerte de la Emperatriz ha sido usada para subir al poder a un Emperador regente (una marioneta del jefe de espionaje) y la princesa, que habría de ser la Emperatriz heredera, está cautiva en algún lugar secreto para ser utilizada a su debido tiempo. Los insurgentes piden que te unas a su causa… Y tú, claro, no puedes negarte (básicamente porque, a estas alturas, ya te has dado cuenta de que tu Corvo Atano no va a abrir la boca en todo el juego). Es hora de equiparte: visitas a Piero, el maestro de armas, y empiezas a divisar cómo funcionará el tema (puedes recurrir a él para que “mejore” tus armas y ciertos poderes proporcionados por tu máscara, como una visión maléfica muy parecida a la visión de detective de los últimos “Batman”, que te permite ver a través de las paredes para tener controlados a tus enemigos en todo momento). Una vez te metes en al cama para descansar un poco, de pronto apareces en un mundo onírico en el que conoces a El Forastero, un tipo que te marca el anverso de la mano con su símbolo y que te proporciona un poder mágico inigualable: trasportarte telepáticamente de un punto a otro del mapa. También te anima a recopilar más runas (te hace el bonito regalo de un corazón que puedes llevar en la mano y que late más fuerte cuando hay alguna runa cerca) que te proporcionarán nuevos poderes mágicas.

Ya está el tinglado montado: Piero te proporcionará armas y El Forastero poderes mágicos. Y así, de forma muy similar a “Bioshock“, sabes que a partir de entonces tu mano derecha será para las espadas y la izquierda para los hechizos (alternados con ballestas y fusiles). Es hora de adentrarte en tu primera misión: los revolucionarios te piden que te infiltres en la ciudad para asesinar a un comandante y robar su diario, en el que esperan esté anotado el paradero de la Emperatriz heredera. Una de las insurgentes, por otro lado, te pide que intentes dejar con vida a un militar de alto rango que, a la larga, podrá seros de ayuda (con lo que aprendes que, al fin y al cabo, las misiones van a estar divididas en submisiones en las que tendrás libertad de decisión según tu propio calado moral). No necesitas mucho más: el barquero te lleva hasta el destino y te bastan dos pasos para volver a verte embargado por la sensación de que nunca vas a acabar de dominar eso del sigilo: inevitablemente, los guardias te van a ir pillando uno tras otro y montando unos zifostios tremendos de los que saldrás vivo por los pelos. Pero lo que no mata, engorda… O, en el caso de “Dishonored“, lo que no mata te hace aprender: casi sin darte cuenta vas encontrando tácticas para pasar desapercibido y, ya cuando estás en el edificio de los militares (y ya has aprendido que en este juego siempre vale la pena buscar caminos secundarios para llegar a los sitios), lo de matar con clase se habrá convertido en un deporte. En el deporte más divertido.

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¿QUÉ PASARÁ? No es difícil saber por dónde van a ir los tiros en “Dishonored“: las misiones serán cada vez más sofisticadas (aunque la primera ya te puede llevar perfectamente más de una hora), tus poderes te harán cada vez más fardón, las armas serán cada vez más espectaculares y el argumento se irá desvelando con la eficacia del mejor de los thrillers góticos. Prepárense para twists de guión que ni Shyamalan. La ciudad de Dunwall se prevée como uno de esos escenarios bastísimos que, aunque nunca veremos de forma totalmente libre, sí que nos va a proporcionar escenarios loquísimos para nuestras misiones. Y, sobre todo, tendremos horas y horas de juego disfrutando de un gamplay híbrido entre “Bioshock“, “Batman: Arkham Assylum“, “Deus Ex: Human Revolution” y “Fable“. No se equivocaba todo el mundo: “Dishonored” es juego del año.

DISPONIBLE EN… Xbox 360 (versión jugada), PS3 y PC.

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