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Si eres de los que pensaste que una adaptación de “Fargo” a formato serie de televisión era innecesaria… necesitas urgentemente leer este texto.

 

¿Qué fue de aquello de dar los buenos días a tus vecinos, quitarles la nieve de la entrada, recogerles el contenedor de la basura?”, exclama el sheriff Bill Oswalt en el perfecto desenlace de “Fargo“. La efectividad de su pequeño monólogo es doble: porque le otorga un empaque y una humanidad que no habíamos sospechado a un personaje hasta entonces tratado como una mera caricatura y porque, además, pone sobre la mesa el gran tema de la serie: el elogio del hombre bueno, del Bien con mayúscula y por encima de todas las cosas. Aquello que en la película de los Coen estaba resumido a la perfección en ese marido que se levantaba en plena madrugada para cocinar para su esposa antes de que esta saliese a trabajar (“Te haré unos huevos“) y que aquí vemos cada vez con mayor claridad según se acerca el final, sea con ese abuelo montando guardia en el porche o con ese sheriff que decide largarse cuando se da cuenta de que, definitivamente, este no es país para viejos.

Qué mala, horrible, espantosa idea parecía sobre el papel recuperar una de las películas más celebradas de los 90, un film complejo en su sencillez y con universo absolutamente propio que el formato televisivo parecía condenado a traicionar. Pues sorpresa: el desconocido Noah Hawley ha hecho algo tan difícil como coger la esencia y reescribir la historia. Como esa banda sonora que amaga pero no acaba por compartir todas sus notas con la original hasta el último episodio, “Fargo“, la serie, tiende puentes, lanza guiños y respeta esquemas, pero lleva el relato a rincones absolutamente nuevos aunque al final acaben por conducir al mismo lugar.

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Olvidaos de esas comparaciones un tanto inútiles con una “True Detective” con la que apenas comparte vagos conceptos de formato (si a algo recuerda “Fargo” en realidad es a “Breaking Bad“, sobre todo en su tramo final) y disfrutad de su cinismo atroz (“Por respeto a los muertos”, nos insiste un rótulo al comienzo de cada capítulo con insolente caradura), de una mala baba a la que coherentemente sólo escapan (y no siempre) las distintas encarnaciones de ese hombre bueno y de la insultante belleza de unas imágenes que no sólo deslumbran cuando buscan la pirueta (el tiroteo en la tormenta, la matanza mafiosa fuera de campo en Fargo), sino también en el más rutinario de sus planos, lo cual nos devuelve la idea de la belleza de lo cotidiano, de lo sencillo.

Desconcierta el largo piloto de “Fargo“, hace incluso pensar que ya se ha contado prácticamente todo y queda poca tela que cortar, pero al final resulta ser sólo el inspiradísimo comienzo de un relato cerrado (cómo le beneficia esto) que quizá sólo conozca un verdadero traspié cuando introduce de manera algo ortopédica un salto temporal que, al final, de todas formas, se revela como plenamente pertinente. Destacan los actores (la revelación de Allison Tolman, el carisma de Billy Bob Thornton, el manejo de los matices de Martin Freeman, incluso la sorpresa de Kate Walsh), pero queda sobre todo la solidez del conjunto y la brillantez con que logra sus objetivos. Pensad en Gus Grimly y esa llamada desesperada del último episodio, esa emocionante apología de la cobardía como método de autodefensa y como instrumento último del Bien. Al final todo se resume en estar tirado en un sofá con la gente que quieres, y eso es realmente lo único que importa. Conocer la solución a determinados acertijos es sólo una forma de empezar a estropear todo eso.

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