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Un hecho: el piloto de “The Affair” es probablemente lo mejor que podrás ver en la TV esta temporada… Pero, ¿al final la serie es demasiado neblinosa?

 

Como ya está todo inventado, al menos aporta algo cuando des la enésima vuelta de tuerca a algo que ya hemos visto. Si “Rashomon” ya la hizo un señor japonés hace 60 años (además de muchos después de él y seguro que alguno antes), no intentes hacer como que todo eso no existió: escoge un hilo del que tirar e intenta aportar tu granito de arena. “The Affair” cuenta una misma historia, la de una relación adúltera con ¿trágicas? consecuencias en el futuro desde dos puntos de vista: el de él, Noah (Dominic West), maestro de enseñanza pública que quizá intenta vivir la vida que nunca tuvo, y el de ella, Alison (Ruth Wilson), la camarera de pueblo que intenta sacar la cabeza de debajo de la tierra. No es la primera vez que vemos algo parecido, por supuesto, pero la serie deja claro desde su fascinante piloto (sin duda lo mejor de este otoño televisivo) que tiene un hilo del que tirar y que puede dar mucho de sí.

Porque el formato televisivo, que no vale para cualquier tipo de contenido (y ahí están todas esas comedias románticas en versión catódica pegándosela para demostrarlo), sí parece muy adecuado para aprovechar las posibilidades de esta historia de la manera más estimulante. No tenemos, como en otros casos, unos mismos hechos contados desde distinta perspectiva; ni siquiera tenemos, como en aquella inteligente pirueta de edición de “True Detective“, una narración que nos siga dando la verdad en on allí donde las versiones de los testigos en off empiezan a apartarse de ella. “The Affair” cuenta dos versiones de una misma historia, que a veces coinciden, a veces difieren en detalles nimios (pero muy interesantes de analizar: la ropa, los gestos, la propia belleza de los protagonistas y sus reversos dan para post propio) y a veces entran en flagrante contradicción. Dicho de otro modo: no podemos saber cuál es la verdad, ni cuando tenemos dos relatos que no coinciden (¿quién salvó a la niña que se atraganta?) ni cuando tenemos sólo una versión porque no sabemos si podemos fiarnos de ella (¿es de verdad el suegro de Noah tan cretino?).

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Todo está, además, admirablemente resuelto: la atmósfera es realmente especial, la escritura de Sarah Treem y Hagai Levi juega con inteligencia a complementar las dos mitades de cada capítulo y tanto West como Wilson están sólidos en sus papeles: él es un pardillo pero quizá tenga una mente más retorcida de lo que está dispuesto a admitir y ella es un desastre, pero todavía está por ver si las respuestas a sus interrogantes están en la simple tristeza o esconden algo más oscuro. “The Affair” es, en fin, algo realmente especial, una pequeña isla en la televisión actual que merece realmente la pena.

Y sin embargo, me deja lleno de dudas. Tantas, que por una parte sé que es necesario (¿demasiado necesario?) esperar al menos hasta el final de esta temporada para juzgarla de manera mínimamente fiable pero por otra tengo ganas de gritar sus excelencias rápidamente, antes de que el barco vaya a la deriva. Porque hablábamos antes de las ventajas del formato televisivo pero sus inconvenientes pueden acabar destruyendo también a esta inusual serie. ¿Hacia dónde va “The Affair“? ¿Qué quiere contarnos con todo esto? ¿Esa trama criminal en el futuro (que nos importa mucho menos y casi nos molesta) va a ser realmente relevante o sólo un macguffin para justificar la idea del relato dual? Y si la segunda opción es la correcta, ¿no es una excusa que distrae demasiado y levanta unas determinadas expectativas respecto a su resolución? ¿Da para tanto esta idea, este formato, esta mecánica? ¿O hay un plan escondido de romper la baraja y cambiar las reglas del juego más adelante? Hay tanta niebla alrededor de “The Affair” que, como sus protagonistas, el espectador quiere vivir el momento, pero teme a las consecuencias, sobre todo sabiendo que el cotarro lo maneja Showtime, quizá la cadena que mejor pare y peor cría a sus criaturas.

Todo el mundo tiene un libro dentro de él; casi nadie tiene dos“, dice el personaje de John Doman en el piloto, a modo de condescendiente consejo a su yerno. Esperemos que no haya que aplicarle el cuento a una historia de planteamiento tan interesante pero desarrollo a priori tan delimitado.

 

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