Fanfarlo rompieron la baraja del pop ilustrado hace dos temporadas, cuando su ópera prima, “Reservoir” (Warner, 2009), se adhirió al tejido cerebral de los devotos que tenían guardadas las discografías completas de Arcade Fire, Talking Heads, The Smiths y Belle & Sebastian en sus relicarios particulares. Esas eran cuatro de las principales fuentes de las que bebían los londinenses, muy hábiles a la hora de llevar ese caudal a su propio terreno y de no ahogarse en él a pesar de su enorme y legendario tamaño. Dicho de otro modo: enseñaban sin tapujos sus cartas (se identificaban automáticamente las diferentes procedencias de sus composiciones) pero, como agudos tahúres, adornaban cada jugada sonora con los detalles y los arreglos adecuados y precisos para no llegar a la conclusión de que su objetivo final era exclusivamente regurgitar sus referencias y aparentar ser varias bandas en una. La clave de su éxito residía, en último término, en sus canciones, radiantes, adictivas e inmunes al paso del tiempo: aún resuenan en la memoria “Ghosts”, “Luna” o “The Walls Are Coming Down”, himnos fundamentales dentro del pop academicista propio del salto de la primera a la segunda década del siglo XXI.

Una vez apagado el efecto de su debut (alargado por una extensa gira que los trajo varias veces a nuestro país), Fanfarlo se disponían a atacar la concepción del temido segundo disco (ese tópico inevitable…). Gracias a la información actualizada que proporcionaban las redes sociales, se iba conociendo que los miembros del combo liderado por Simon Balthazar, mientras se ocupaban de diversas tareas más mundanas (trabajos domésticos, manualidades artísticas y otros quehaceres similares), daban vueltas a la opción de que su siguiente álbum rompiese relativamente el molde establecido por “Reservoir”. Esta circunstancia se confirmaba a medias en sus conciertos, en los que afloraba alguna pieza inédita, como “Waiting In The Wings”, cercana a la estética fifties y cuya prolongada aparición en dichos directos indicaba que podría ser incluida en el nuevo LP… Finalmente no fue así, pero sirvió para establecer una pequeña hoja de ruta con la que seguir los surcos marcados por “Rooms Filled With Light” (Warner, 2012), totalmente delimitada cuando salieron a la luz sus dos primeros avances: “Replicate” y “Deconstruction”.

En esas canciones, el actual quinteto no escapa de sus conocidas y reconocidas influencias, aunque se aprecia que, si antes practicaban una simple pirueta para huir de ellas, ahora ejecutan dos o tres si es necesario. Eso sí, sin movimientos agresivos ni demasiados aspavientos: en la primera (minimalista a la par que barroca), la melodía se apoya en un ágil violín embellecido por diminutos elementos sonoros, unos coros que parecen susurrar al oído desde una dimensión invisible y un piano al principio secundario y al final protagónico; en la segunda (más convencional en su planteamiento), la percusión se acelera (al igual que en “Tightrope” y “Dig”) como queriendo esquivar las sombras proyectadas por Arcade Fire. Esta y otras comparaciones son odiosas, y más cuando se intenta convertir un tema pop en toda una explosión ‘más grande que la misma vida’, sentimiento que surge cuando se culmina “Lens Life” con los puños en alto tras dejarse empapar por su estribillo coral, sus vientos y sus teclados incendiarios o se absorbe la luminosidad de “Shiny Things”.

No obstante, cuando la tempestad épica da paso a la calma, Fanfarlo demuestran su propia personalidad, lo suficientemente sugerente como para distinguirse de la competencia sin recurrir a terceros: la adorable “Tanguska” (ribeteada por una exquisita trompeta), la animosa “Feathers” (sus clásicos punteos de guitarra hacen que sea la heredera de la antes mentada “Waiting In The Wings”) y la acústica y romántica “A Flood” justifican el esfuerzo de los londinenses por no repetir miméticamente la lustrosa fórmula de su estreno ni por vivir de las rentas obtenidas con él. Es posible que “Rooms Filled With Light” no se observe como un disco tan inmediato como su antecesor, ya que necesita girar varias veces para revelar en su máximo esplendor su logrado contenido. Pero los Fanfarlo de hoy en día tampoco son aquellos músicos que buscaban la melodía directa e implacable, sino que enseñan su cara más inquieta al esparcir su sonido y al ampliar su paleta de colores. Habrá quien pregunte si esa expansión valió la pena. La respuesta, se razone más o menos, se resume en una sencilla frase: volvieron a dar en el clavo.

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