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En el prólogo de “El Gran Espejo del Amor Entre Hombres. Historias de Actores“, Luis Antonio de Villena explica algo que es de vital importancia para entender este tomo. Me remito a sus palabras: “Nunca podemos olvidar que el término “homosexualidad” que hoy usamos, no existía en la época -ni en el Japón medieval ni en el premoderno- y, por tanto, nuestro etiquetado es poco válido. El gusto por los jovencitos bellos era una manera que la cultura y la sociedad admitían con nombres (no etiquetas) muy diferentes a las de ahora. Es importante también recordar que las religiones del Extremo Oriente (China y Japón), desde el riguroso confucianismo al shinto, no conocen la noción de “pecado” -muy unida al judeocristianismo-, de forma que hay acciones peor o mejor vistas por la sociedad, que pueden ser faltas al honor o a la dignidad, pero nunca pecados.

Y si digo que esta apreciación es de vital importancia para entender la obra de Ihara Saikaku es precisamente porque, sin ella, el lector desprevenido puede sufrir un choque profiláctico de aquí no te menees cuando entre de lleno en estas historias de actores del Japón del siglo XVII, narradas con una ligereza narrativa, una laxitud moral y un humor supurante que más bien parecen del siglo 21. Lo primero que pensará este lector desprevenido es que se encuentra ante una broma (si es de buen o de mal gusto, dependerá de la apertura de miras de quien lee), una especie de juego post-moderno de algún autor descarado intentando hacerse pasar por un literato nipón clásico… Pero no: Saikaku Ihara fue uno de los escritores más destacados del siglo XVII en Japón, y lo fue con este tipo de micro-relatos escandalosamente frescos, divertidos e irreverentes.

El Gran Espejo del Amor Entre Hombres. Historias de Actores” es una oda de amor al oficio de onnigata, todos aquellos actores del teatro clásico japonés especializados en interpretar papeles femeninos y que, por extensión, acababan vendiendo sus favores a sus admiradores más acaudalados. El tomo, que viene a ser la continuación de ese “El Gran Espejo del Amor Entre Hombres. Historias de Samurias” que también publicó Satori hace unos meses, bien podría dividirse en dos partes bien diferenciadas: por un lado encontraríamos los relatos que evocan leyendas fantasiosas y bellas (como, por ejemplo, el de la chica que muere de amor no correspondido o el del pobre que se enamora de un actor que deja caer un palillo dentro de su manga) y, por el otro, todo un conjunto de sucesos de la época narrados por el propio autor a modo entre periodístico y “abuelo cebolleta” explicando batallas pasadas. Estos últimos compondrían un fascinante tableau vivant de la época de Saikaku: una crónica naturalista, a ratos despiadada y a ratos embriaga de amor, pero siempre con la concisión impresionista de un haiku.

Al fin y al cabo, toda precisión comporta un sentimiento implícito de fugacidad… Y la fugacidad es, sin lugar a dudas, la emoción que Saikaku intenta atrapar continuamente en “El Gran Espejo del Amor Entre Hombres. Historias de Actores“: todo el libro desprende una bellísima y nostálgica voluntad de atrapar el momento fugaz, de vivirlo de forma hedonista hasta sus últimas consecuencias. Y no sería descabellado pensar que gran parte de esta obsesión por la fugacidad viene dada por ese portal temporal mínimo en el que la belleza de los onnigata florece en su máxima potencia: son muy pocos los años que dura esta belleza en flor, así que es normal que el sátiro y sus colegas quieran exprimirlo sin miramientos. Aun así, también es cierto que en la pluma de Saikaku convive este sentido estético y esteta con una divertidísima capacidad para la propaganda pro-homosexual, algo que incluso a día de hoy puede resultar completamente extravagante y escandaloso para cierta parroquia de lectores chapados a la antigua.

El Gran Espejo del Amor Entre Hombres. Historias de Actores” se cierra con un párrafo glorioso a este respecto: “Esta senda del amor entre hombres no es exclusiva en nuestro país, sino que se cultiva y se anda en los tres países. ¿No es gracioso que en la India lo llamen “el camino al revés”? Los chinos, sin embargo, lo conocen como hsia chuan. En Japón lo denominamos shudo, es decirl, la Vía de los jóvenes actores o, dicho de otro modo, el arte de los guapos, un camino ampliamente transitado. Debido a que existe el amor a las mujeres, todavía se perpetúa esta absurda raza humana a la que pertenecemos. Pero ¡ojalá que la gloriosa Vía del amor viril fuera la única forma de amarse que reinara en el mundo!, ¡ojalá que Japón se convirtiera en la Isla de los Hombres! Acabarían para siempre las peleas entre marido y mujer, cesarían los celos y, en fin, el mundo entero entraría en una era de paz y armonía sin fin.” ¿Pensábamos que plumas como la de Boris Izaguirre eran el epítome de la irreverencia gay moderna? Pues andamos jodidos. Sakaki le saca varios siglos de ventaja.

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