El Americano” debería haber significado la confirmación de muchos hechos: la confirmación de Anton Corbijn como un director cinematográfico con todas las de la ley (por eso de que la segunda producción sirve para espantar aquello de que que dirigir una cinta no te convierte, necesariamente, en director… si no, que se lo digan a Ricardo Bofill hijo), la confirmación del artista como un realizador versátil capaz de encarar géneros diversos (en la línea entre realista y esteta de, por poner un ejemplo, Michael Winterbottom), la confirmación del fotógrafo como mucho más que un fotógrafo, la confirmación de un nuevo talento para el cine con pasta americana e ínfulas yankis pero con vocación europeista…

Y, al final, lo único que confirma “El Americano” es que un buen fotógrafo no tiene por qué derivar en un buen director. De hecho, y muy tristemente, incluso es necesario concluir que un buen fotógrafo no tiene por qué derivar en un buen director de fotografía: una cosa es la capacidad de exprimir la belleza de un único cuadro fijo y otra cosa muy diferente es conseguir que esa belleza se muestre coherente y perdurable en la concatenación de cuadros, planos y secuencias. Y es que ni eso es capaz de conseguir Corbijn en “El Americano”, un film que incluso en lo visual acaba encallándose en el escalafón de la medianía con ínfulas.

Eso sí, de ínfulas pseudo-artísticas parece que va sobrado el fotógrafo… Lo peor es que esas pretensiones acaban resultando ciertamente simplistas (¿El abrir los ojos del asesino protagonista hacia el tinglado que le rodea metaforizado en la evolución de una mariposa? ¿Un plano final de la mariposa volando hacia el cielo como imagen del alma perdida del personaje principal? ¿En serio?) y, sobre todo, reduccionistas. Es ciertamente sorprendente que Corbijn crea que la mejor forma de contextualizar su película en Italia sea metiendo con calzador “La Bámbola” (de Patty Pravo) y “Tu vuo’ fa’ l’Americano” (de Renato Carosone)  como banda sonora además del visionado de un fragmento de “Hasta Que Llegó Su Hora” (de Sergio Leone) en la pantalla de la televisión de un bar de medio pelo. Igual de sorprendente es la visión higiénica y aséptica que proporciona el director de unos pueblos rurales italianos en los que incluso las habitaciones de las prostitutas parecen salidas de un delirio semi-pornográfico y muy ochentero de Ridley Scott (sí, con neones rojos incluídos).

Al fin y al cabo, es imposible llegar al final de “El Americano” con la molesta sensación de que Corbijn no se ha atrevido a mojarse a ningún nivel: ni visualmente ni en una historia que no pasa de las convenciones más manidas del cine conspiranóicos de espías espiados. Ni la actuación de George Clooney es capaz de brillar en una trama que se hunde a la deriva de forma morosa (e incluso aburrida) en un mar en el que las olas se mecen a ritmos escuchados una y mil veces. Demasiados lugares comunes para un film que provoca ganas de mandar a Corbijn directo a una escuela de cine en la que le enseñen que, para hacer una buena película, a veces es necesario soltar la cámara y hundir las manos en el barro del que parten todas las buenas historias. Por mucho que ensucie.

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