Edna O'Brien

Después de enamorarnos con “Las Chicas de Campo”, Errata Naturae recupera las aventuras de sus dos protagonistas en “La Chica de Ojos Verdes” de Edna O’Brien.

 

Cathleen y Baba eran amigas y residentes en la campiña irlandesa en los años 50. Un día, se lanzaron a la aventura y cambiaron el campo de su infancia por la ruidosa y ajetreada Dublín. Sus aventuras y desventuras en la gran ciudad, su paso de chicas campestres a adultas cosmopolitas, su desarollo como mujeres independientes en una época difícil para ello… Todo ello queda narrado en “Las Chicas de Campo“, la primera novela de Edna O’Brien que Errata Naturae publicó hace unos meses en nuestro país (y de la que ya os hablamos en este post en su momento).

Ahora, Errata Naturae recupera las aventuras en la gran ciudad  de Cathleen y Baba publicando “La Chica de Ojos Verdes“, con la que Edna O’Brien volvía a sus dos personajes femeninos más entrañables para explicarnos sus idas y venidas en el mundo adulto. En esta novela, que no hay que entender necesariamente como una continuación de “Las Chicas de Campo“, O’Brien dibuja a dos mujeres que en un momento de sus vidas compartieron muchísimo pero que a lo largo de su trayectoria vital van dibujando un destino totalmente alejado la una de la otra. Ambas viven en una pensión en Dublín, pero mientras Baba es despreocupada, busca amores pasionales y quiere beberse la ciudad a toda costa, Cathleen en cambio desarrolla una personalidad más profunda y literata, busca círculos culturales y amores más terrenales. Contrariamente a lo que se podría esperar, es Cathleen la que pone a su familia patas arriba cuando se enamora de un hombre divorciado, protestante para más inri.

La Chica de Ojos Verdes” es la mujer libre que busca ser independiente, la que huye de la figura infantil que hacía lo que se esperaba de ella y que reivindica su lugar en el mundo en un momento de cambio fundamental para los derechos de las mujeres. De O’Brien se ha dicho que es la mayor escritora de las letras irlandesas… Y sus novelas demuestran que, en su caso, cualquier hipérbole es bien merecida.

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