El hip hop hace ya bastante tiempo que dejó de oler a aquella filonegritud insultante que hizo del cliché una bola tan grande que aún seguimos viendo en nuestras mentes aquellos viedeoclips en los que un negrata vestido de dandy suburbano de algún ghetto chungo de Nueva Orleans pilotaba algún tipo de súper-buga de dos puertas, cromado, rojo y con cerca de cinco o veintitrés muchachas a punto de estallar (corporalmente) por cada curva de su cuerpo limpiando el tubo de escape con sus labios rojísimos. No, eso ya fue. Ahora el hip hop es ese género que, si bien sigue siendo destinado a las masas, no necesita de la exacerbación machista de la sexualidad subterránea ni respetar los tags y clichés del exceso urbanita ni rimar obscenidades graciosas para vender álbumes. Y, en parte, es gracias a artistas como Drake. No es el primero ni el último, pero sí uno de los más aventajados alumnos de la escuela de Dr. Dre, Timbaland, N.E.R.D. o Kanye West. En “Take Care” (Casjh Money Records, 2011), enésimo intento del mercado yankee por transformar el pop urbanita más romántico en odas de auténtico ñu soul urbano, pop moderno, rimaderos ambulantes y energía post-trip-hop, dan en el clavo gracias a esa mezcla de limpieza armónica y suciedad digital.

El conflicto de trabajos como “Take Care” reside, precisamente, en la poca falta de tacto al entregarse con total devoción a una suerte de álbum que es casi una ópera transversal sobre un género determinado. En el caso del hip hop, por muy amplio y abierto que sea, el tedio reside más en nuestros oídos de lo que debería. Ya han jugado con eso de la tematización del trabajo grandes como Kanye West, Lil Wayne o Jay-Z, por mentar algunos nombres más o menos recientes dentro del género. Drake, debido a su corta edad, a la actitud exenta de limitaciones absolutas y a la inclusión de una interpretación de performer televisivo y actoral que le aporta matices que ni los más grandes poseen, hace de este segundo álbum como rapero con honores un gran empleo de la versatilidad pero una ambición desmedida. Esa misma ambición, calidad y nivel que le ha permitido volver a darse la mano (y no codazos como suele ocurrir) con Lil Wayne y que amplió sus miras en cuanto a producción simple pero cuidada metiendo dentro de su grupo de trabajo a Jamie xx, Noah “40” Shebib, T-Minus o Boy-1da, entre otros, permitiendo a este segundo ejercicio del canadiense convertirse en una suerte de post-R&B y en un armado romántico y melancólico con cierto afán revival por el recibo que pasa a las producciones de la Motown más orquestal (“Lord Knows”), las óperas de electrónica urbana más recientes, al mejor estilo The Black Eyed Peas u Outkast (“Crew Love”, con ayudita de The Weeknd), el empleo del pop mainstream para maquinarias de amplificación y limpieza que conecta a Usher con Craig David, o a la misma Rihanna (que canta en “Take Care”) con Mariah Carey.

Drake se encuentra a gusto en las canciones en donde la experimentación y el temporizador no se detienen (los interludios “Cameras / Good Ones Go Interlude” o “Buried Alive Interlude”) aunque, a decir verdad, mucho más gratificante sería su trabajo si lograse multiplicar los matices leves y sanotes de “Practice” (con tonos barrocos a lo Danger Mouse & Daniele Luppi incluidos) o “Doing It Wrong” (baños y buceos de auto-tune a lo Bon Iver), la macarrónica y pegadiza “We’ll Be Fine” o el ejercicio de crooner del futuro de “Look What You’ve Done”. Vamos, que tire más para el soul ajazzado y no para el vómito horizontal del rapper clásico. Vamos, que se junte más con Jamie xx, Akon, Sean Kingston y Kanye West y menos con Lil Wayne. De haber encontrado ya su identidad o de no querer cagar más alto de lo que (a día de hoy) le permite su culo, estaríamos hablando de este segundo álbum de Drake como uno de los discos del año; pero precisamente en esa poca dosificación de ciertos matices, en la distancia entre algunas canciones y otras, en la gran duración e ínfulas de opereta neo-moderna que se trae consigo y en los coletazos tan distantes en géneros que aún no domina del todo es donde se posa la atención este segundo LP. Enorme el futuro que se le augura, pero aún hay cosas que limar.

[Alan Queipo]

 

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