De desear lo que uno quiere y no lo que le impone la sociedad… de eso habla “Dios No Tiene Tiempo Libre”, el nuevo libro de Lucía Etxebarría.

 

¿Qué hacen aquí, qué hacen los tres, taza o copa en mano, tan tranquilos, tan elegantes, tan mundanos, como si nada sucediese ahí fuera, como si a todo tuviesen derecho, como si fuese lógico que los tres sean tan tranquilos, tan elegantes, tan mundanos? (…) ¿Cómo sobrellevan la carga de tanta frivolidad, sabiendo que podrían ser los otros, los de fuera, esos que no tienen casa ni trabajo(…)?

Una cafetería, dos desconocidos, una proposición insólita y un par de gin tonics. Así comienza “Dios No Tiene Tiempo Libre” (editado por Suma), la nueva obra de la autora vasca Lucía Etxebarría. La prima de Alexia se está muriendo, así que decide contratar a David, un actor en horas bajas y antiguo amor de la enferma, para que acompañe a Elena en sus últimos días. Ambas mujeres comparten la procedencia de buena familia, el alto poder económico, su atractivo físico y una estrepitosa tendencia al fracaso en el amor.

Si escribir es protestar, en Etxebarría encontramos exponente especialmente poderoso. La polémica escritora irrumpe con una novela que ella misma ha catalogado de “negra“, presentándola como un relato de intriga, de poder, de sexo, de amor y de humor. Yo diría, sin embargo, que lo que prima en ella es el miedo. Miedo al qué dirán, miedo al pasado, miedo al futuro, miedo a los propios deseos y, en particular, miedo a la verdad. Cualquiera que lea esta historia se encontrará sumergido en un curioso laberinto no tanto de mentiras despiadadas, sino de verdades ocultas, disfrazadas, tapizadas.

Etxebarría habla de la libre elección, de la valiente capacidad de desear lo que uno realmente quiere desear, y no lo que le impone la sociedad.

‘’Cuando él piensa en su vida se siente como plantado en una línea divisoria entre su pasado y su futuro (…). Alexia mira al pasado y ve dolor. Pero en su porvenir, en cambio, las promesas de alegría, de plenitud, de fuerza, aparecen como soldados jóvenes en filas bien ordenadas (…). Elena, flor silenciosa y exótica, exhala el aroma profundo y denso de lo que se está pudriendo mientras deshoja su lento tránsito de minutos.’’

El triángulo formado por sus protagonistas (Alexia, David y Elena) encarna precisamente una estampa falseada, la santa trinidad de la impostura. Los intereses velados de cada uno bien podrían asemejarse a la capa invisible de un iceberg: ¿Realmente Alexia sólo busca la felicidad de su prima? ¿Acaso David ha aceptado el trabajo únicamente por dinero? ¿La única motivación de Elena, tan pobrecita como parece, es reencontrarse con su amor de juventud? Y, sobre todo, ¿por qué todos fingen creer al otro? ¿Por qué pasan por alto no sólo las mentiras ajenas sino también -y eso es lo más desgarrador- las propias? ¿Por qué siguen con un teatro del que se saben actores?

Etxebarría vuelve a dar en el clavo con temas actuales: la corrupción, el poder del dinero, la hipocresía colectiva y, por encima de todo, el yugo de las apariencias en una sociedad que pone por delante el parecer al ser. Ya lo dijo La Rochefoucauld: “Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás que, al final, nos disfrazamos para nosotros mismos“.

Resulta triste y a la vez cómico observar el desarrollo de las actitudes del trío protagonista y cómo la situación va cobrando un aspecto cada vez más turbio: lo que al comienzo podía parecer una obra de caridad por parte de Alexia respaldada por la colaboración de David va transformándose en una tapadera de intereses velados y en una telaraña de enredos y traiciones. La narración también se centra en las vivencias pasadas de los protagonistas, esclavos de un sinfín de miedos autoimpuestos, todos regidos por la dicotomía entre lo que desean y lo que creen que deberían desear.

Los lectores se verán trasladados a un dramático escenario que deja al descubierto cómo las personas podemos llegar a perder la identidad personal para transformarnos en actores del teatro llamado vida. Y, hablando de teatro, precisamente “Dios No Tiene Tiempo Libre” parte de una idea original que la escritora llevó al escenario, en el Teatro del Arte, localizado en el madrileño barrio de Lavapiés. Seguramente debido a la naturaleza de dicha historia nos encontramos ante una sencilla estructura centrada en los encuentros entre los personajes, con espacios limitados y con una gran abundancia de diálogos.

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Con “Dios No Tiene Tiempo Libre“, los asiduos de la autora nos encontramos con contenidos que aparecen en otras de sus obras. Ya en “De Todo Lo Visible y Lo Invisible” abarcaba el tema de la imagen -aunque centrado en el fenómeno de la fama- que se ofrece de cara al exterior. Sigue presente el rol motor de los personajes femeninos, el leit motiv de la muerte (y lo que siempre me ha resultado curioso: el hecho de que sus personajes tengan más miedo a la vida que a la muerte), la crítica social, los tabúes con respecto a la sexualidad (no olvidemos la continua presencia de personajes homosexuales o bisexuales), la importancia del amor (en general idealizado o distorsionado respecto a la realidad) y las relaciones de poder. En Etxebarría predominan de un modo constante -y esto es más que nada una opinión personal- unos personajes que van a la deriva en su existencia, que se encuentran perdidos o desencantados y a través de los cuales se nos plantean los temas mencionados.

Lo que sin duda persiste aquí es la maestría con la cual Lucía logra, mediante una prosa voraz y un humor realmente fino, despertar al lector. En cierto modo, ¿hasta qué punto no tenemos todos un David, una Alexia o una Elena dentro de nosotros? ¿Acaso no nos engañamos nunca? ¿Acaso no preferimos maquillar ciertas verdades, por aquello de hacerlas más presentables? En una sociedad donde la imagen prima, ¿no somos todos, en mayor o menor medida, esclavos de las apariencias?

”¿Tú crees de verdad que Dios se dedica a salvar de la muerte a gente que no va a escucharle? Dios no tiene tanto tiempo libre, mujer.

Puede que Dios no tenga tiempo libre, pero nosotros sí. En este sentido resulta destacable la importancia de la libre elección que plantea esta historia. Estamos frente a una novela que nos está hablando sobre todo de la libertad que a la postre es la existencia, y por tanto de nuestra responsabilidad a la hora de decantarnos por lo que verdaderamente queremos. A los lectores de Sartre les vendrá seguramente a la cabeza, como a mí, aquella mítica frase del francés acerca del hombre condenado a ser libre: “Dios no existe, por tanto todo está permitido“. Y pienso en ella porque, al leer el título de la portada, cualquiera podría pensar que la religión es un tema que prima en la historia, cuando realmente de lo que habla es de la libre elección, del poder de decisión que todo humano tiene y a menudo no pone en práctica, de la valiente capacidad de desear lo que uno realmente quiere desear, y no lo que le impone la sociedad.

Parafraseando al personaje de Alexia, lo que Lucía Etxebarría viene a decirnos con su nueva novela es que no tengamos fe en un Dios con nombre y apellidos si no queremos, pero que sí tengamos una fe simple en la vida.

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