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Permitidme comenzar esta reseña con una nota personal. La música que me gusta se divide en tres clases: la que me inspira, la que me emociona y la que me divierte. ¿La que me inspira? Pues últimamente las bandas sonoras de Toru Takemitsu, o la quinta sinfonía de Sibelius. Me emociona la música doliente de Nick Drake, las canciones al oído de Elliott Smith. Dentro de la música que me divierte hay de todo, pero en particular hay bastante mierda descerebrada, soez y barriobajera cuya “calidad” no puede medirse igual que en los dos primeros casos y que se introduce en el sistema nervioso por la compuerta de abajo, sin pedir permiso ni perdón. Personalmente, Die Antwoord me divierten mucho. Una banda de lo más chabacana de la cual no puedes esperar que te inspiren ni te emocionen, igual que nunca te pedirán permiso ni perdón para superar el límite permitido de decibelios.

Die Antwoord son un caso curioso. Para los no iniciados: instigadores del movimiento zef, algo así como los poligoneros chungos sudafricanos, formados en Cape Town por Ninja, Yo-Landi Vi$$ser y DJ Hi-Tek, creadores de un rave-rap con múltiples referencias a temas relacionados con violencia, sexo y la sub-cultura de la que dicen ser representantes. Saltaron a la fama mundial con Enter The Ninja, tema que aparecía en un videoclip alucinante que nos dejó a muchos con una mueca entre el asco y la admiración, y con muchas preguntas en la cabeza: “¿Qué es esta basura? ¿De dónde han salido estos seres esperpénticos?”, y sobre todo “¿Por qué molan tanto?”. De la noche a la mañana había nacido un misterio: el misterio Die Antwoord.

La respuesta a los enigmas, por suerte o por desgracia, suele estar a la vuelta de la esquina gracias a Internet. Un poco de research revelaba que Ninja (Watkin “Waddy” Tudor Jones) y Yolandi Visser son pareja, tienen una hija, estudiaron bellas artes y estos no son más que sus nuevos personajes, un nuevo capítulo en una larga carrera en los márgenes de la cultura alternativa sudafricana. Antes de llamarse Ninja, Waddy había formado parte del colectivo hip-hop The Original Evergreens y, ya con Yolandi, lideró proyectos más o menos exitosos como Max Normal y Constructus Corporation. El éxito de verdad, sin embargo, estaba por venir. O por explotar, más bien. Explotar en nuestras caras. Los personajes de Die Antwoord enganchan porque sacian la sed de frikismo de la generación postdigital y porque su actitud extrema contrasta con una música expertamente producida. “Aquí hay algo que no cuadra”, dirían unos. “Aquí hay tomate”, dirían otros.

Es fácil quedarse con la anécdota, con el personaje. La realidad es que los sudafricanos llevan ya tres discos estupendos, sus videoclips son de los mejores hoy en día, y sus conciertos son una experiencia inolvidable. Por un lado, Die Antwoord son un chiste y, como con todo chiste, habrá gente a la que le haga gracia y a otra a la que no. Por otro lado, se trata de un (en sus propias palabras) proyecto experimental de gente que sabe perfectamente lo que hace y cuyas aptitudes para todo esto no debería ponerse en duda. Aquel que quisiera adentrarse en $O$ (Cherrytree Records / Interscope, 2010) encontraba al final temas como “Beat Boy” o “She Makes Me A Killer”, auténticas epopeyas de rap alucinógeno que echan por tierra esa primera impresión que los tachaba de frikis de la peor calaña. “Estos van en serio”, nos venía a la cabeza. Con su tercer trabajo, “Donker Mag”, (Kobalt / Zef Recordz, 2014), Ninja y compañía siguen echando leña al mismo fuego que les encumbró como estrellas, estrellas globales desde una posición muy local.

Este localismo sigue presente, con ingeniosas letras en inglés y afrikaans que hacen apología del rollizo zef y la cultura de su país en general. En “Zars” hacen alusión al elevado número de lenguas oficiales del país, once ni más ni menos. En los agresivos suburbios de Cape Town montan Die Antwoord sus particulares barricadas para lanzar cocteles molotov a todo lo que se menea en el universo mainstream. A Lady Gaga le vuelve a caer uno con “Raging Zef Boner” donde parodian el tema de la neoyorquina “Born This Way”, continuando la no tan sutil burla que fue el videoclip de “Fatty Boom Boom“. Es fácil pensar en Pitbull cuando se marcan ese homenaje a Kusturica que es “Pitbull Terrier”, cuyos niveles de vandalismo sonoro rozan el sálvese quien pueda. “Pitbull Terrier” es de lo más agresivo que han firmado nunca los sudafricanos, pero gran parte del disco no sigue esa línea de rave suicida. “Donker Mag” alberga muchos momentos de calma, incluso de ternura. Si en “Moon Love” hace acto de presencia la hija de Ninja y Yo-Landi haciendo gorgoritos, “Ugly Boy” muestra el lado más somnoliento del EDM, mientras que “Strung” es una balada donde no hay rastro ni de musculitos, ni tatuajes, ni dientes de oro. Los resultados van de lo sencillamente adorable al absurdo más desconcertante.

Da la impresión de que Die Antwoord se van desinflando poco a poco con el tiempo. Desde “$O$” han ido rebajando paulatinamente la densidad de violencia sonora por segundo, lo cual resulta en, al menos para mí, menos diversión. Por otra parte, los parones, los pequeños experimentos y esos sketches tan comunes en discos de hip-hop, son cada vez más, lo cual rompe el ritmo más veces del que desea nuestro cuerpo, deseoso de caña sin edulcorantes ni concesiones de ningún tipo. Cuando “Donker Mag” está llegando a su fin, parece que estemos estemos escuchando el nuevo producto de Anticon o Mush Records. Queridos Die Antwoord: los fans vuestros ya sabemos que todo era broma, que en realidad sois un personaje para las masas y que sois super cultos y todo eso, pero queremos más temazos como “Happy Go Sucky Fucky”, “Cookie Thumper” o “Girl I Want 2 Eat U”. O sea, queremos a los chabacanos, a los campeones del cacaculopedopis, a los frikis poligoneros más grotescos del mundo. No necesitamos que nos inspiréis, ni que nos emocionéis. Necesitamos más Die Antwoord. Diversión pura y dura, vamos.

 

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