El túnel de Bielsa comunica Francia y España a través de las entrañas del Pirineo Aragonés. El túnel de Bielsa está cerrado desde el quince de septiembre hasta el uno de diciembre por obras, y hemos tenido mucha suerte de habernos enterado antes de iniciar el camino de vuelta desde Montpellier, porque de habernos plantado en la entrada del túnel para llegar a donde estamos hoy, habríamos tenido un serio problema, muy serio: no habríamos podido cruzar la frontera y habríamos tenido que desandar mucho de lo recorrido para llegar allí y, en el estado de cansancio en el que nos encontramos, habría sido un desastre total. Pero no, supimos de esa incidencia a tiempo y, en lugar de aumentar el tiempo de nuestro viaje de hoy dando un rodeo inesperado, lo aumentamos haciéndole caso al señor que nos habla desde el GPS, un señor muy amable que nos llevó, esperamos que sin mala intención, por una carretera de alta montaña llena de curvas, desfiladeros y acantilados, muy bonito y muy divertido pero sensiblemente más complicado que el camino que deberíamos haber tomado, como alternativa al túnel cerrado… En fin.

Dejamos atrás Le Clos Catrix y emprendimos nuestro último periplo de la gira por las autovías francesas, muy anchas y muy suaves, pero sobre las que querría hacer algunos comentarios:

¿Han conducido alguna vez en Francia? Si es así, ¿alguien podría explicarme el origen de la pulsión que hace que los conductores franceses adelanten, siempre que adelantan, justo al límite? ¿Hay algún motivo por el que les guste ir a ciento treinta kilómetros por hora, todos pegados entre sí, unos detrás de los otros? Viven al límite. No me gusta. ¡Qué tensión todo el rato!

También me gustaría advertirles sobre una cadena de estaciones de servicio, de estas que son todas iguales, cada par de cientos de kilómetros. Se llama On The Road, el carburante es de la marca Shell. Quiero hablarles de cómo mos la han dado con queso, sin paños calientes. Verán, uno va con el depósito casi vacío y ve la señal de área de servicio en la que, además, se muestran, muy convenientemente, un tenedor y una cuchara entrelazados. Mira el reloj y se da cuenta de que, oh-qué-suerte, es justo la hora de comer y de que además ya iba teniendo hambre. Entonces piensa: ¡Bien! Ahí podremos dar buena cuenta de nuestra última comida en tierras francesas, aún maravillados por las deliciosas quiches y ensaladas de Anne Gallete, en Le Clos Catrix, la noche anterior. Conduces hasta la puerta de lo que parece el restaurante pero, ¡ah!, cuando entras resulta ser una estación de servicio normal, con gafas de sol, revistas y máquinas de café, y con muchos sándwiches de plástico y ensaladas de fieltro a precio de oro… Entonces piensas… ¡Maldición! Esto es lo que anunciaba el tenedor y la cuchara entrelazados… Pero lo piensas cuando tus jugos gástricos ya han empezado a nublarte el juicio, y es cuando vas y picas. Compras un sándwich que no sabe mejor que el plástico que lo envuelve y una ensalada de textura gomosa acompañada de una salsa que debería llamarse acto de fe en lugar de cocktail sauce, lo acompañas de unas patatas de bolsa (papashí, como las llamaría David Cordero, de Úrsula) que, por si no tuvieras ya suficiente con el menú que te estás montando, escoges sabor cheese burger, por innovar. Sales de allí con una sensación agridulce y, justo cuando has encontrado una mesa y unos bancos de piedra, entre unos árboles detrás del ínclito On The Road, ves el verdadero restaurante, con comida normal. ¿Epic fail? Sin duda, pero conste que es que lo tienen pensado hasta el último detalle, es una trampa.

Tras nuestro almuerzo on the road seguimos camino hacia el sur. En poco más de una hora y media entraríamos en los Pirineos para pasar a España, siguiendo todo el rato el curso alto del río Garona hasta abandonarlo para atravesar el túnel de Vielha, primera población en la provincia de Lérida cuando vienes desde Francia. Vielha es un pueblo diseñado para las nieves, con casas oscuras y techos afilados… Tengo que volver en invierno. Luego, otras casi tres horas de carreteras muy muy estrechas y maltrechas, unas vistas absolutamente impresionantes y, por fin, nuestro destino.

Nuestra casa para estas próximas treinta y seis horas es de piedra antigua, está cubierta de hiedra y suspendida encima de unos rápidos del río. He abierto la ventana y, aunque he puesto mucha atención, no puedo escuchar más que el agua. Si miro hacia las crestas de las montañas, puedo distinguir la silueta negra de las inmensas moles de piedra que nos rodean. No hay nubes y, si miro más alto aún, el cielo está completamente lleno de estrellas.

Buenas noches,

[Esteban R.]


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