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¿Qué tiene Chris Martin, que a todas horas llora que llora por los rincones, él que siempre reía y presumía de que partía los corazones? Bueno, realmente Chris no alardeaba de romper corazones, de eso ya se encargaban las baladas de Coldplay por sí solas… A él no le iba ese rollo, porque su romántico órgano muscular bombeaba amor por una sola persona, una sola figura, una sola deidad femenina: por Gwyneth Paltrow. Pero su relación matrimonial se ha ido haciendo pedazos poco a poco, con lo que eso duele… Ay, Gwyneth, ¿qué le has hecho al pobre de Chris, con lo bien que se ha portado contigo desde que empezasteis vuestro idílico amor? Siempre atento, amable, cuidadoso… Luego también ha sido (y sigue siendo) el padre y yerno deseado con el que sueña cualquier suegra. Dabais asco, en serio, con tanta perfección y dulzura. Demasiada, quizá, hasta el punto de empalagar las composiciones que Chris ideaba junto a su banda. Esta será la primera acusación que te lance desde este púlpito: la de almibarar con el paso de los años, aunque hubiera sido involuntariamente, el discurso musical de tu hombre. La segunda, y vuelvo a unas líneas más arriba: la de llevar por el camino de la amargura a Chris, que a día de hoy aún cree en vuestra reconciliación. Y la tercera, que nos lleva al tema que nos ocupa: la de provocar que el sexto álbum de Coldplay sea uno de los discos de ruptura menos soportables de los últimos tiempos.

Sí, “Ghosts Stories” (Atlantic / Parlophone, 2014), empezando por el alado corazón roto de su portada y su espiritual, purgador y exorcizador título, se ha erigido en el trabajo con el que Chris Martin, vía Coldplay, airea sus penas sentimentales. Pero no se hagan ilusiones: al contrario de lo que sucede con los grandes discos convertidos en muros de las lamentaciones amorosas, aquí no hay motivos para darse con la cabeza contra una pared, cortarse metafóricamente las venas ni maldecir al ser antes amado y después odiado. Más bien, este LP es un dechado de buenas y dóciles palabras que pretenden ser analgésicas caricias poéticas pero que no pasan de lugares comunes que se pueden encontrar en cualquier canción arquetípica de (esperanzado) desamor. A saber: insomnio, magia, muerte figurada, incertidumbre, soledad, añoranza y redención. Dados los síntomas, Chris Martin ha estado a un paso de escribir unos versos inspirados por la saudade de Rosalía de Castro o de marcarse un fado mientras se apretaba el cilicio.

Imagínense, “Ghost Stories” convertido en un cantar gallego o en un lamento portugués… Hubiera sido curioso, aunque la realidad dice que este álbum se presenta como el reverso de su predecesor Mylo Xyloto (Capitol / Parlophone, 2011), gracias a unas composiciones que muestran su tuétano sonoro a través de beats y programaciones (ribeteadas por algunos acordes de guitarra acústica por allí, unos riffs eléctricos a lo The Edge por allá y varias notas de piano) que rechazan cualquier atisbo de artificio y pomposidad. Por ello, este proceso regresivo en el universo Coldplay se ha querido vender como el retorno a los orígenes de la banda británica, como un positivo viaje atrás en el tiempo hacia su debut, Parachutes (Nettwerk, 2000). Si su nuevo repertorio hubiera seguido la estela de los temas “Oceans” y “O” (tan reposadas y agradablemente taciturnas como ciertos cortes de su ópera prima y con un Chris Martin profundamente creíble y nada engolado), se aceptaría sin rechistar tal hipótesis. Pero no es así, ya que “Ghost Stories” establece su base, primero, en el pop minimalista electrónico, del que se derivan “Always In My Head”, la radiada hasta la saciedad (y pegadiza) “Magic” e “Ink”, que beben de los sonidos esquemáticos, pálidos y, a la vez, oscuros de The xx, convenientemente edulcorados para la ocasión. Y luego se extiende en dirección al r&b contemporáneo, ratificando el gusto de Martin por los sonidos urbanos de raíz norteamericana -no hay que olvidar sus colaboraciones en el pasado con Kanye West, Jay-Z o, ejem, Rihanna-, para ofrecer piezas como “True Love” -con ayuda de Timbaland– o la gaseosa “Another’s Arms”.

La textura sintética de “Ghost Stories” se refuerza con dos piezas que se mueven entre lo más potable y lo más prescindible de su desconcertante contenido: el pulgar hacia arriba, para “Midnight” y su pop atmosférico elaborado mano a mano con el maestro del género Jon Hopkins (y remezclada por el demiurgo Giorgio Moroder); en cambio, el pulgar hacia abajo, para la indigesta “A Sky Full Of Stars”, sucesora melancólica de “Every Teardrop Is A Waterfall”, coproducida lastimosamente por Avicii según estrictos cánones EDM y única desviación con hechuras de hit masivo que contrasta con el tono confesional e introspectivo del LP. Con todo, pese a su huida del pop de estadio, “Ghost Stories” ha conquistado a toda velocidad las listas de ventas. ¿Significa ello que la audiencia actual de Coldplay ha asimilado adecuadamente el cambio? ¿O es que traga con lo que Chris Martin y compañía le echen?

Sea cuál sea la respuesta, no ocultará el hecho de que Coldplay han naufragado en el giro radical sonoro planteado en “Ghost Stories”, por mucho que se agradezcan sus intenciones de partida. La extrema languidez, la afectación azucarada y, en determinadas fases, la intrascendencia invaden un álbum que, posiblemente, Chris Martin debería haber presentado a título individual, por su aura experimental y por su condición de mensaje -obviando su alcance e identificación universales- influido por y dirigido a una única persona: Gwyneth Paltrow. Vamos, chica, dale una oportunidad a Chris para pegar los trocitos de vuestro resquebrajado amor. Si no lo haces, algunos ya nos tememos cómo puede ser el siguiente disco de Coldplay

 

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