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La verdad es que, para llevar media vida en esa meca de la electrónica seria y respetable que es el sello Warp, da la impresión de que Chris Clark nunca ha tenido el reconocimiento que se merece. Si Warp fuera un equipo de fútbol, Clark sería el medio defensivo: va de tapado, hace el trabajo sucio y casi siempre lo hace bien; el juego del equipo no sería lo mismo sin él, pero pocos se percatan de que juega. Ni pertenece a las viejas glorias (Aphex Twin, Autechre), ni es uno de los flamantes jóvenes fichajes (Hudson Mohawke, Future Brown), ni el que da la nota por no pegar nada con el resto del equipo (Grizzly Bear). Ahí, en tierra de nadie, consistente en la calidad de su trabajo, Clark sigue deleitando a quien lo quiera apreciar con pequeñas grandes joyas de la electrónica más potente y dinámica. Siempre reinventándose, pero siempre fiel a su estilo, Clark sigue siendo uno de los artistas más interesantes de la actualidad, trece años después de su debut.

Sorprende que, después de tanto tiempo, decida ahora titular su nuevo álbum con su nombre. Como diciendo “¡Aquí estoy yo!”, o como homenajeando su infravalorada carrera, “Clark” (Warp, 2014) es también su álbum más equilibrado. Esto lo dice un fan suyo, pero siempre he pensado que al británico se le atraganta un poco el formato largo, incapaz de mantener el (elevado) nivel de brillantez durante todo el trayecto. “Body Riddle” (Warp, 2006), su obra más celebrada, combina bocados maravillosos de electrónica jugosa y deliciosamente sorprendente (“Herr Bar”, “Ted”, “Roulette Thrift Run”) con otros platos algo más insípidos. Y así con todos sus LPs. Hasta ahora. Posiblemente porque no alcanza esos puntuales momentos álgidos de subidónsubidón que nos ponían la piel de gallina en el pasado (“Future Daniel” es un tema que he escuchado un millón de veces y que cada escucha me eleva al éxtasis eufórico, sin excepción), su nuevo trabajo es de esos que se llaman discos compactos. Funciona de principio a fin y deja muy buen sabor de boca. Ya no parece Ferran Adrià volviéndose loco en el laboratorio, pero llega a eEstrella michelín por lo menos.

También sorprende que Clark se recluyera en algún remoto lugar de la campiña inglesa para gestar el disco, pues este parece el menos insular de su trayectoria. Él, que siempre ha sobrevolado en solitario los terrenos del IDM, ha descendido a la tierra para sonar más que nunca a sus contemporáneos. Es también lo más parecido al techno que ha realizado nunca. “Unfurla”, “The Grit In The Pearl” y “Sodium Trimmers” son puro 4×4 metálico, tenaz, implacable. La sensación de frío helador persiste en sus cortes más melódicos, pero en lugar de impregnarlo todo en tonalidades monocromáticas, el resultado lanza destellos en technicolor. Para bien o para mal, es música que, en vez de un ermitaño sonoro, refleja un hombre de su tiempo: temas como “Sivered Iris” discurren entre las travesuras de Daphni y los extraños paseos campestres de Forest Swords. En esta ocasión, Clark se demarca del pseudo-folk de “Iradelphic” (Warp, 2012) que lo emparentaba con Bibio, otro viejo conocido de la casa Warp, para volver a sus esos sonidos más industriales que contaminaban “Totems Flare” (Warp, 2009) y, sobre todo, “Turning Dragon” (Warp, 2008). “There’s A Distance In You” es puro gozo tecnológico, todo derroche de maestría a los mandos, culminando en un final arrebatador.

Clark ha tenido la mala fortuna de lanzar su nuevo álbum justo después de otro mago de la ciencia-ficción hecha música. Pero, mientras Aphex Twin es Blade Runner, Clark es Tetsuo, el hombre mutante, el artefacto-humano que va cambiando de forma entre espasmos y violentos giros y vueltas sobre sí mismo. Poca gente consigue humanizar las máquinas como él, hacerlas respirar, hacerlas aullar, gemir, llorar. Buscando entre los cables y las oxidadas tuercas y tornillos un improbable indicio de sensibilidad, y encontrándolo, sin limar el borde afilado ni la sensación metálica que corta la piel. Sin duda un artista único que ya va siendo hora de que reciba, tras tantos años de hacer las cosas bien, la admiración global que se merece.

 

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