El Bilbao BBK Live 2017 demuestra que un festival puede crecer sin necesidad de convertirse en el mal

¿Puede un festival “de indie” crecer sin necesidad de convertirse en el mal? El reciente Bilbao BBK Live 2017 ha demostrado que yes, they can.

 

Tengo que reconocer que estaba perdiendo la fe en el indie. O, por lo menos, estaba perdiendo la fe en el modelo de festival de indie… Al fin y al cabo, llevo en el ajo cerca de 20 años y la experiencia puede ser un grado, pero también una putada que te va insensibilizando ante todo aquello que te proporciona excitación y placer por la vía de la repetición y la erosión. Si algo ha sido repetido y erosionado en estas dos últimas décadas ha sido el modelo de festival de indie que todos aprendimos a adorar con el FIB y que más tarde nos obligó a transferir nuestros anhelos hacia el Primavera Sound.

A partir de allá, ¿a dónde fue el placer? ¿A dónde los anhelos? Al final, la experiencia festivalera se ha convertido en algo así como un acto reflejo que realizamos por puro hábito y repetición. Nos lo han puesto fácil: a medida que hemos ido creciendo y haciéndonos más experimentados, los festivales se han convertido “en otra cosa”. Otra cosa más grande, más mecanizada y mecanizable, más inabarcable, que ofrece mucho más de lo que era imaginable hace un par de décadas… pero también ¿menos humano?

No voy a entrar en el discurso apocalíptico de siempre pero, en la actualidad, asistir a un suele implicar luchar contra su maquinaria implícita: ya no te lo pasas bien porque el festival te lo ponga en bandeja, sino porque has localizado e identificado todo aquello que puede mermar tu placer (grandes recintos, horarios inabarcables, público indeseable que se sitúa en las zonas periféricas de los conciertos y no te deja escuchar la música, sentirte vulnerado por la presencia excesiva de patrocinadores, etc.) y pones todo tu empeño en luchar contra esa maquinaria y finalmente pasártelo bien. No te lo pasas bien gracias al festival, sino a pesar de su infraestructura. Y esto ocurre, básicamente, porque todo festival quiere crecer, y ese crecimiento debe sustentarse en una doble dirección: aumentando el aforo y consiguiendo un mayor número de patrocinios.

Bilbao BBK Live 2017

¿Por qué sigo insistiendo en lo de los festivales “de indie”? Porque, desde hace unos años, mi postura es que un festival como el Sónar, por ejemplo, ha conseguido salir de ese círculo vicioso y crecer a favor de su propio público… También porque no es un festival de indie, sino un festival centrado en un tipo de música que, desde hace un tiempo, busca salirse de sus propios límites y encontrar nuevas formas de interactuar con el público. Así, es más sencillo (aunque para nada fácil) reavivar la chispa del amor con el público de tu festival al ponerle en bandeja formas de placer inéditas.

Dicho de otra forma: Björk ha pillado la onda de hacia dónde va todo este tinglado y dice que está hasta el chichi de hacer conciertos de toda la vida y que, para entender su nuevo disco, pues mira, te va a hacer una expo de realidad virtual y un dj set y todo lo que se le pase por la cabeza que no sea un concierto, de tal forma que el Sónar pilla el rollo al vuelo y te ofrece la oportunidad de que entiendas lo que está haciendo la artista en su totalidad. Por cierto: Björk es el caso más célebre, pero también de los menos complejos en esta nueva relación de los artistas del siglo 21 y sus audiencias. Pero, en el otro lado de la balanza, Arcade Fire o U2 o Coldplay hacen conciertos de toda la vida. Pueden tener más luces, más bailarines, más espejos, más visuales, más mandanga, más chuminadas. Pero es un concierto de toda la vida.

Así que a eso voy: los festivales “de indie” lo tienen más difícil para buscarle las costuras al formato clásico de festival porque, al fin y al cabo, los artistas “de indie” no están por la labor de buscar nuevas formas de interactuar con el público. Y si a esta inmovilidad de las formas de los artistas “de indie” sumamos el crecimiento desorbitado de los festivales “de indie” sin ofrecer nada nuevo, sino más bien enterrándolo en patrocinios y riadas de asistentes, mal vamos. O, por lo menos, yo creía que mal íbamos hasta el Bilbao BBK Live 2017, que se acaba de celebrar del 6 y 8 de julio en la ciudad que da nombre al propio evento.

Es el segundo año que asisto al festival vasco. La edición anterior me deslumbró no solo por el cambio en la línea programática, sino sobre todo por el hecho de descubrir un festival que, a base de sacarme de mi rollo urbanita acomodaticio, me obligó a recuperar algunas de las sensaciones primigenias que tenía enterradas en el pasado de mi memoria festivalera: la montaña, el entorno natural, el hecho de sentirte apartado del núcleo urbano, la climatología amenazante, la hierba (real, no artificial) bajo tus pies… No me di cuenta entonces que lo que más había disfrutado del BBK 2016 no fue la música ni el propio festival: fue la experiencia. Esa experiencia que hacía años que no sentía en un festival “de indie”.

Bilbao BBK Live 2017

Y eso es lo que he vuelto a sentir en este Bilbao BBK Live 2o17 de forma amplificada. Todo lo que convenció en la anterior edición no solo ha vuelto a estar presente en esta, sino que se ha ampliado y multiplicado. Pero, a diferencia de todo lo dicho varios párrafos más arriba, este crecimiento tanto de la infraestructura como de la propia experiencia de festival no se han realizado contra el público, sino a su favor. Pocas veces he visto en mi vida un mimo tan profundo en mil y un detalles de un recinto a la hora de tener en cuenta a la gente: pese a la asistencia masiva al festival (más de 110.000 personas repartidas en tres días con sold out en la jornada del viernes), la sensación de agobio y masificación brillan por su ausencia. Será por el aire puro de la montaña, será por la hierba fresca… O más bien será porque el propio recinto está pensado de forma inteligente para asegurar una experiencia positiva por parte del visitante. Y eso se nota.

Las zonas de comida estaban repartidas por el mapa de forma accesible y bien distribuidas (incluyendo, además una oferta con variedad y calidad), en los lavabos no había que hacer ni una cola (en serio, ¿qué magia es esta?), las escasas colas para las barras eran soportables (y los camareros no solo hablaban tu idioma, sino que incluso eran majos), el sonido fue impecable en todos los escenarios, los patrocinios tenían sus zonas limitadas que no eran para nada agresivas con los festivaleros… Y luego están los añadidos que ya no son infraestructura, sino que son puro cariño.

Me explico. Y que conste que me explico sin tener ni puta idea, pero así es como yo me imagino las cosas. La organización de un festival debe enfrentarse a ciertas decisiones en su largo camino hacia el propio evento. Por ejemplo: ¿qué carajo hacemos con esta pared de rocas que hay a la entrada de uno de los escenarios? Cualquiera podría pensar: pues ponemos unos carteles gigantes de varias marcas, ¿no? Pero en el BBK pensaron: ¿y si ponemos unas luces que le den así un rollo onírico que en cuanto se vaya la luz puede molar lo más grande y haga que los festivaleros flipen? ¡Dicho y hecho!

Bilbao BBK Live 2017

Otro ejemplo: celebrándose el festival en una montaña, ¿no molaría una torre gigantesca desde la que los visitantes pudieran ver no solo todo el festival, sino también todo Bilbao? Otro festival pensaría: guay, le vendemos la idea a una marca y todo aquel que quiera tatuarse en la frente el logo de esa marca podrá subir y disfrutar de la experiencia? Pero el BBK pensó: ¿y si lo hacemos para aquellos que compren ya el abono del año que viene haciéndoles saber lo feliz que nos hace su fidelidad? ¡Pues eso!

Pregunta: ¿puede un festival “de indie” crecer sin convertirse en el mal? Parece ser que sí. Parece ser que, a la hora de tomar decisiones, también hay espacio para embellecer la experiencia del festivalero y para hacerle saber que es apreciado, que el propio festival quiere que se lo pase lo mejor posible y que viva unos momentos que se le queden prendados en la memoria para el resto de su vida. Ahora me doy cuenta de que eso es algo que echaba de menos en los festivales “de indie”: saber que los que organizan me miman, que me tienen en cuenta, que quieren que pase un buen rato a múltiples niveles. No digo que todo tenga que ser así, pero tampoco todo tiene que ser patrocinios salvajes y masificaciones inhumanas, ¿no?

Otra pregunta: ¿estamos ante el festival del territorio español que por fin demostrará que se puede crecer con cabeza y, sobre todo, con corazón? Aquí y ahora yo digo que sí. Pero también digo que a lo mejor hay quien ha llegado hasta mi crónica esperando que le hable de música… Así que voy a dejarme de pajas mentales por un rato y voy a ello.

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