Nos adentramos en el tramo final del Beefeater In-Edit 2015 con una crónica que aborda extremos tan alejados como Backstreet Boys y Nirvana.

 

En las crónicas sobre el Beefeater In-Edit siempre suelen comentarse las mismas cosas porque, al fin y al cabo, son las que mejor quedan. Siempre se dice que lo mejor de este festival es su lado puramente didáctico, ese que se empeña en que los visitantes del Festival de Cine Documental Musical de Barcelona aprendamos sobre estilos, artistas y escenas que no hemos podido (o querido) vivir de primera mano. También se dice siempre que el ambiente del festival es excelente: que las correrías de público desde los dos espacios del festival (el Multicines 5 y los Aribau Club) ya son míticas, y que ese caminito ha visto una cantidad incontablemente maravillosa de discusiones encendidas y comentarios incendiarios. Pero hay una cosa que no se suele decir del In-Edit: que es un festival (jodidamente) divertido.

Tan divertido como para que una de las estrellas de su presente edición, que se está celebrando del 29 de octubre al 8 de noviembre, haya sido ni más ni menos que “Backstreet Boys: Show ‘Em What You’re Made Of“… Y aquí permitid que os cuente mi experiencia personal: sabía qué iba a ver, así que quedé con unos colegas para hacer unas birras antes de entrar a la sala y, de hecho, justo después de entrar nos pedimos varios gin tonics y muchas palomitas. That’s the way we roll en el In-Edit. De esta forma, nuestro visionado del documental de Stephen Kijak fue desparramante, un festín de diversión pura y dura que fue mejor todavía por lo que tuvo de compartida con el público al completo de la sala. Al fin y al cabo, no te puedes tomar “Backstreet Boys: Show Em What You’re Made Of” en serio: sus protagonistas, reunidos por fin completamente en su 20 Aniversario, son unos moñas de cuidado que se pasan la mitad de la cinta lloriqueando como niñatas sin motivo aparente y la otra mitad lanzándose puyas en medio de broncas de cuidado en el mejor de los casos y en el peor de ellos con una pasivo-agresividad que ríete tú de tu ex-novia la psicópata. También hay mucha coreografía improcedente en señores de su edad y un buen puñado de imágenes de archivo que obligan a preguntarte: si esto era LA HETEROSEXUALIDAD en los 90, ¿cómo era LA HOMOSEXUALIDAD? Sea como sea, ante un documental como este sólo se puede aplaudir. Y disfrutar. Disfrutar como un enano.

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Mucha diversión hay también en el Aribau 2: la sala más pequeñita del In-Edit alberga este año tanto sesiones de radio en directo como el ya más que asentado Doc Alive, donde la exhibición de un documental es epilogada por la actuación del protagonista del mismo. En este In-Edit 2015 hemos podido gozar de la experiencia privilegiada de catar “The Possilities Are Endless” en compañía del mismísimo Edwyn Collins… Pero empecemos por una aclaración: el documental de James Hall y Edward Lovelace no es un documental, sino una propuesta experiencial. En todo su primer tramo, la cinta consigue ponerte bajo la (incómoda) piel de alguien que sufre una apoplegía. Y, a partir de ahí, con recursos más propios del videoarte que del cine, los directores van ayudándote a salir hacia la superficie poco a poco, como hizo el mismo Edwyn Collins, siempre ayudado por la mano amable y dulce de su mujer Grace Maxwell. No voy a ocultarlo: “The Possibilites Are Endless” es un documental que te parte el corazón. Y te lo parte más todavía cuando, al acabar, el mismo Collins sale a cantar unas canciones y te das cuenta de que con este artista no hay espacio para la pena: lo hay para las risas, lo hay para el amor e incluso lo hay para la diversión. Pero la pena no entra dentro del universo de Edwyn Collins.

Y diversión hubo también en el pase de “We Like It Like That. The Story of Latin Boogaloo” al que pude asistir durante este In-Edit 2015. El problema con este documental de Mathew Ramirez Warren no es la diversión, ya que esta le sobra a raudales. Es lo que pasa cuando juntas en un documental a un buen puñado de latinos coñones y cachondones. El problema es, sin embargo, que el director se muestra excesivamente complaciente… En cierto punto del metraje, uno de los entrevistados dice que el Latin Boogaloo murió porque sólo tenía tres hits. Y resulta increíble que Ramirez Warren no luche contra esa sensación, que indague, que explique, que nos haga partícipes de la profundidad de campo de lo que retrata. Incluso cuando se trata de hablar del resurgir del Latin Boogaloo en el presente, la cosa no pasa de un mero comentario anecdótico. Así que, sí, “We Like It Like That. The Story of Latin Boogaloo” divierte, pero se echa en falta en él la dimensión didáctica de la que siempre hablamos en el In-Edit para quedar bien. Una pena. [Raül De Tena]

 

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Kurt Cobain. El ídolo, el mesías de una nueva generación desesperada, el cantante, el abismo, el mártir del rock & roll. Pero, ¿Y la persona? Sí, muy a menudo de Cobain nos ha quedado fundamentalmente su condición mítico / icónica, el cliché sobre su forma de ser, vivir y sentir, pero poco más. En cierto modo, Cobain ha asumido, después de su muerte, un status casi de no-persona, de simple foto sobre la que se puede mostrar idolatría, escepticismo e incluso rabia.

Kurt Cobain: Montage Of Heck” no deja de ser un intento de aproximación íntima, de ir más allá del retrato del líder de una banda mítica para convertirse en una suerte de testimonio vital, de inmersión en las profundidades de la persona y tratar así de dotar al líder de Nirvana de una dimensión humana más allá del arquetipo explotado por los media.

Un intento este que se nos antoja un tanto desequilibrado, con dosis de aciertos importantes y patinazos más que considerables a la hora de dibujar este relato. Una historia ésta que, partiendo del formato cronológico, se autoconstruye en forma de diario íntimo, en un monólogo interior continuo recitado, y a veces balbuceado por el propio Cobain. Un discurso salpicado aquí y allá por voces de su entorno pretendiendo a veces rebatir, otras remarcar y la mayoría de veces matizar lo visto y oído.

En este sentido, el documental dirigido por Brett Morgen, resulta un tanto incongruente. Por un lado aporta en la forma, combinando formatos como la animación, el found footage y la entrevista, un cierto aire de renovación y sin embargo acaba cayendo en un cierto clasicismo en el desarrollo cronológico y la insistencia en la opinión externa, muchas veces superflua al subrayar lo ya visto en, por ejemplo, los videos domésticos.

Ese es en el fondo el problema más grave de “Kurt Cobain: Montage of Heck“, que la intención demasiadas veces choca con la realización. Hay una idea flotando en el metraje, que no es otra que la de dar una versión “arty”, puede que por momentos alucinada (cosa bastante acorde con el carácter del protagonista), de Cobain. Un retrato personal más allá del tópico de la tortura interior, del dolor y de las drogas pero que siempre entra en una colisión permanente con la iteración innecesaria de conceptos e incluso con la desaparición de Cobain o bien en su entorno familiar, como miembro de Nirvana o como marido / padre.

Quizás, en el fondo, esa es parte de la intención del director. Revelar la faceta antimítica del cantante. Hacerle como comentábamos al principio una no-persona atrapada en un mundo circular, contradictorio y enfermizo del que no podía salir. Una cosmovisión en constante enfrentamiento, un lucha entre Eros y Thanatos (cuya resolución todos conocemos) que afectaba a todos los aspectos de su vida. De alguna manera, pues, “Kurt Cobain: Montage of Heck” es una traspolación directa y literal de la mente de Cobain con los momentos de tedio y también de brillantez que ello supone. Un arriesgado experimento que, sin embargo, no acaba de cuajar en su (sobre)exposición en imágenes, dejando un poso de irregularidad, de densidad bordeante en el tedio. Una especie de anti-documental (si se quiere) obsedido en escapar del hit fácil (la elisión de “Smells Like Teen Spirit” hasta los créditos es muestra de ello), pero que no duda en usar recursos sentimentaloides como la combinación del “Unplugged in New York” con imágenes entrañables de la infancia de Kurt Cobain, como buscando una cierta complicidad, una cierta empatía. Algo que, por desgracia, nunca acaba de conseguir. [Alex Pérez Lascort]

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