20. “Delta”, Hyperpotamus. Tenemos malas noticias, queridos/as: el que mucho abarca, mucho aprieta. Carguémonos todos los refraneros populares y proverbios chinos: Jorge Escudero, más conocido como Hyperpotamus, ha vuelto a barrer con saña sobre nuestras cabezas y se ha coronado como un hombre orquesta con licencia en su segundo empleo de la multidisciplinaridad vía oral. Ni cutáneo ni físico, Hyperpotamus vuelve a herir en “Delta” a todas aquellas orquestas que les cuesta ir a tiempo con tres simples elementos: su garganta, un Shure (o dos, como mucho) y una Loop Station. Allí graba, casi al unísono, rítmica adictiva y bailonga, bajos (graves), falsetes (agudos) y, sobre todo, enormes melodías y letras inteligentes sobre un compilado de rarezas oblicuas formadas única y exclusivamente a base de pedigrí armónico, un sentido del ritmo y de la canción bailable inexistente en el mundo (Animal Collective y los organizadores del SXSW ya han flipado varias veces con él) y un poder infrahumano para catapultar canciones enormes sin más necesidad de su persona misma. Ego desde Narciso.

19. “Satie vs. Godzilla” (Mushroom Pillow), Maga. Hace un tiempo estábamos preocupados por el estado somnoliente en el que se encontraba el monstruo alternativo sevillano. Pero, a día de hoy, podemos olvidarnos de tal inquietud, ya que las figuras que lo alimentan están despiertas y dispuestas a recuperar su fulgor legendario, empezando por una de las más emblemáticas: Maga. Su quinto trabajo, “Satie vs. Godzilla”, pone de nuevo al trío en la cabeza del pelotón de bandas procedentes de Sevilla, a pesar de que determinada facción de los seguidores habituales de Miguel Rivera y los suyos no vieron con buenos ojos el cambio estético que ejecutaron en su nueva obra: de la lírica delicada y la sonoridad de cristal del pasado a las composiciones diáfanas y la rotundidad guitarrera del presente. Polémicas aparte, Maga conservan intacta su habilidad para facturar pop-rock de 24 quilates (“El Gran Final”), ritmos irresistibles (“Tres Segundos”) y acústica vehemente (“En mi Honor”). Nunca hay que olvidarlo: la veteranía es un grado… y a Maga les sobra.

18. “Adorno” (Limbo Starr), Ornamento y Delito. En la simbología que rodea a Ornamento y Delito no caben elementos superfluos, artificiales, efímeros y, en resumidas cuentas, (post)modernos. Su propio nombre así lo certifica, al igual que los títulos de sus anteriores LPs. “Adorno”, su quinto largo, plasma esa fórmula desde su portada (una goitibera o carrilana) y le da continuidad en su interior a través de un rock rocoso, conciso y oscuro que recuerda tanto a Surfin’ Bichos cuando las cavernosas cuerdas vocales de Gari se afilan (“Autoignorancia”, “Bono Es Dios”) como a 091 cuando el cuarteto vasco-madrileño saca su lado más pop (“María la Autómata”, “Hijos Pródigos”). Lo fácil sería afirmar que este es su álbum más accesible y luminoso (no sólo por la policromía de algunas de sus melodías y del fuzz de sus guitarras, sino también por el contrapunto que otorga la inclusión de voces femeninas), pero sus punzantes textos y su potente manera de transmitirlos permiten que el grupo siga observando el mundo desde un rincón sombrío (y privilegiado).

17. “Oso Leone” (Foehn), Oso Leone. De alguna forma u otra, parece que Oso Leone pretandan despertar a las ensoñaciones folkies de su compañero de sello Bedroom. Y como despertador utilizan cargas implosivas (y sordas) de pura oscuridad. Puntualización: no hablamos de nocturnidad y de los frescores noctámbulos, sino de esa opacidad del ánimo que parece condensarse como nubes de tormenta delante de nuestros ojos, variando la forma en la que vemos el mundo. La tensión previa a las primeras lluvias concebida no como algo que provoque angustia, sino como una tranquilidad del alma, un sosiego existencial que se concreta en canciones aparentemente sencillas pero de hondo calado.

16. “Concrete Light” (Giradiscos), Lüger. Algo se mueve en el subsuelo de Madrid… Y no son las máquinas que eternizan las obras de la capital, sino el empuje de bandas tan enérgicas como Lüger (otro ejemplo sería EdredóN), que plasman con firmeza y contundencia las enseñanzas de sus influencias foráneas para hacer retumbar el underground madrileño y, por extensión, nacional. El quinteto (tras reforzar su alineación inicial) volvió a la carga un año después de publicar el disco que hizo correr su nombre como la pólvora, el homónimo “Lüger” (Giradiscos, 2010), para demostrar que su pasión por el kraut y la kosmische musik y no es una seña de identidad impostada para satisfacer a los modernillos de turno. No, lo suyo va muy en serio. Hecho que materializan en “Concrete Light”, un tratado que desmenuza el sonido germánico de los 70 a través de rock planeador (“Dracula’s Chauffeur Wants More”) y espacial (“Hot Stuff”). Dicen que España debería parecerse a Alemania… Mejor hacerlo como Lüger y no de otras maneras.

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