Que sí, que Justice son unos garrulacos… pero lo petaron lo más grande en la última jornada de Sónar 2017

C. Tangana @ Sónar 2017

Al Sónar 2017 ya le hemos puesto un lacito y lo hemos empaquetado junto al resto de recuerdos de cosas memorables del año. Porque es verdad, ha sido, ha vuelto a ser, un evento memorable en el sentido más estricto de la palabra. Y es que es cierto eso de que el Sónar es como “Gran Hermano” porque ALLÍ TODO SE MAGNIFICA. Así, lo malo lo percibimos como trágico y lo bueno lo asumimos como el cielo en la tierra. No obstante, también es cierto que esa forma de percepción es demasiado real e INQUEBRANTABLE como para ser invalidada por medio de cualquier razonamiento lógico. Porque, sí, cuando uno entra en esta jungla de hedonismo paroxístico de tres días y dos noches, este Guadalix state of mind que es el Sónar, a la lógica se le dice un poquito que hasta luego, Mari Carmen.

Pero dejadme abandonar por un momento estas abstracciones a propósito del asunto para adentrarme realmente en el asunto en sí. Una jornada de sábado que empezaba con un lamento por perderme, por culpa de rigores profesionales, dos de las actuaciones que más esperaba de todo el festival y que se solapaban parcialmente al inicio de la tarde: el concierto de Joe Goddard y el set de Veronica Vasicka. Toda la mañana debatiendo en foro interno por cuál de las dos opciones decantarme para no poder decantarme por ninguna finalmente. Una metáfora de la vida, lo veis, ¿no? Lección aprendida O ESO CREO.

La puerta de acceso al SonarDôme se convertía un poco antes de las cinco y media de la tarde en un caudal de gente que se agolpaba para entrar mientras algunos incautos tomaban el sentido contrario. Quizás debido al pequeño caos en el acceso al recinto, la salida del muy esperado C. Tangana se retrasó un poco. Pero, una vez en escena, una demolición controlada sacudió el Dôme. Pucho con camisa verde hawaiana abierta hasta el ombligo, interactuando con unos fans que se dejaron aproximadamente tres kilos de sudor en la ropa, apelando a los románticos en la sala. Detrás de él, Fabiani poniendo los beats, al que se añadiría en el tercio final de la actuación Alizzz, uno de los artífices de la evolución más reciente en el sonido de C. Tangana. Pucho fue por faena y escogió una selección en realidad infalible de sus lanzamientos en solitario, donde no faltan “Nada”, “Persiguiéndonos”, “Drama”, “Los chikos de Madriz” y una coreadísima “C.H.I.T.O.”, y más tarde en compañía de Sticky M.A. y Jerv algunos de los hitos de “Siempre”, como “Ya sabes”, “Tentación”, “Los Tru” y el himno “100k pasos”. Dejó para el final, claro, las canciones de los veranos pasado y presente. Acompañado por cuatro bailarinas, C. Tangana dejó más que contentita a la grada y demostró en ese final con “Antes de Morirme” y “Mala Mujer” que probablemente estamos ante la mayor estrella del pop español desde David Summers, dicho esto con el mayor respeto. Infalible e inflamable lo de C. Tangana.

Deena @ Sónar 2017

La cosa siguió por el buen camino en el pequeño SonarXS. Había ganas de ver por dónde se desenvolvía la tunecina Deena Abdelwahed en su sesión. Y la verdad es que estuvo muy bien ese set que fue de menos a más pero sin grandes aspavientos, dominado a ratos por un techno marginal, alejado de los axiomas del género y mezclado con otros estilos más eclécticos en un conjunto que, en perspectiva, resultó hipnótico y extrañamente cautivador. Tras ella, Dellafuente y Maka construyeron un concierto que satisfizo a propios (un buen número de fans de la pareja artística se concentraron en las primeras filas) y a extraños (un puñadito de asistentes foráneos curiosos). La penumbra de un escenario apenas iluminado creaba un ambiente propicio para la propuesta del dúo, casi como un tablao misterioso y húmedo, con Dellafuente parapetado tras sus eternas gafas de sol y con un Maka pletórico. “A lo Mejor”, “Consentía”, “Los Millones que no Tengo” o esa bestialidad llamada “Jaquetona” fueron algunos de los puntos fuertes de un concierto robusto a todas luces (o a todas sombras, según se mire).

Sohn nos daba una primicia casi al final de su actuación comentando que se había establecido recientemente en Barcelona. Ojalá esto implique verlo con relativa asiduidad porque su actuación dejó muy buenas sensaciones. Instalado detrás de sus sintetizadores, Toph Taylor, ataviado enteramente de negro, desgranó parte de sus dos álbumes, donde brillaron “Signal” o “Conrad” entre otras composiciones del reciente “Rennen”, un trabajo que le sitúa cercano a donde se quedaron las primeras obras de otros pequeños grandes genios de la renovación del r&b alternativo como James Blake o Autre Ne Veut. Precioso casi cierre al Sónar de Día en 2017. Y digo bien, casi cierre, porque el broche lo pusieron el dúo de DJs escoceses Optimo pinchando un set a cuatro manos de lo más jacarandoso, que oscilaba desdibujando las fronteras de un house huidizo y un techno vibrante sin girarle la cara del todo al electro y que remataron en plan jefazo con el “Let’s Dance” de David Bowie seguido de un sorprendente arrebato acelerado con “Angel of death” de Slayer.

Así, los últimos sonidos emitidos en ese pequeño oasis barcelonés en el que se convierte durante tres días de verano el recinto de la Fira de Montjuic fueron las guitarras de Kerry King y Jeff Hanneman, en un hecho que puede parecer (y de hecho es) circunstancial, pero que quizás debiera leerse como el signo determinante de un festival que, por suerte para todos, va mucho más allá de la música electrónica en el sentido más cuadriculado del término. El Sónar es un poco como ese vecino solterón que vive con sus padres a los cincuenta años: NO SE CASA CON NADIE. Y este año, menos aún, con la incursión en un escenario menor como el SonarXS de géneros nada menores y propuestas cada vez más abiertas, que se expanden año tras año.

El Sónar de Día se acabó de noche, dibujando así un oxímoron en el último párrafo de mi última crónica. Y ahí y así se terminó el festival para mí, con una sonrisa tonta trazada en la cara por medio de la música (mucha), del alcohol (un poco), de la atmósfera de felicidad circundante y de la promesa de un futuro mejor que, Dios nos oiga, debería llegar pronto, donde pronto puede ser cinco días o puede ser un año, cuando las puertas de Sónar 2018 se abran de nuevo un jueves. Pero si veinte años no es nada, doce meses nada y menos. Un abrir y cerrar de ojos. Un “ay” suspirado al final de una nota de voz. Nada y menos, lo dicho.

 

 

No Hay Más Artículos

Send this to a friend