Hoy es un día especial. Tan especial que tu despertador marca y suena a las 6:30 a.m. y te levantas con ilusión, sin remoloneos y apenas legañas en los ojos. Hoy sale a la venta la esperadísima colección de Lanvin para H&M.

Nada más llegar a Paseo de Gracia y ver la larguísima cola que adorna la entrada de la tienda (eso sí, menos de lo que te esperabas en tu imaginación, ¡vaya respiro!) no puedes evitar sonreír y compararla con la de los parques de atracciones. Pero, a medida que esta avanza, te vas dando cuenta de que no es la cola de Port Aventura y que cada vez se parece más a Auschwitz. Para empezar, te marcan con una pulsera que indica los 15 minutos que se te han asignado para la compra (en mi caso, a las 11:25, lo que significa que hasta dentro de 3 horas y media no llega mi turno); y, además, la pulsera poco tiene que ver con el glamour que se le podría asociar al acontecimiento en cuestión: más bien recuerda a los tiquets de la carnicería o a las marcas que se les hace al ganado con hierro incandescente. Sigues avanzando y encuentras a una mujer que no mide más de metro cincuenta, pero igual que con el Führer, la autoridad no es una cuestión de altura sino de actitud: ella es la encargada de darte las instrucciones para comprar, entre las que subraya y acentúa la importancia en acertar la talla a ojo y a la primera, ya que a toda persona que coja dos prendas iguales con diferentes tallas será invitada a dejar una (y aquí hay que entender “invitado” como “obligado”). Y, si una vez nos la probamos es incorrecta, ya no hay vuelta atrás. Just one shoot, baby.

Curiosamente (o no), esto tan solo ocurre con la colección de mujer, ya que la de hombre puede visitarse sin problemas, así que nos acercamos a ella con la esperanza de poder respirar un poco. Al llegar, vemos un pequeño espacio, claustrofóbico, lleno de gente gritando y empujándose en menos de tres metros cuadrados. El entorno es tan incómodo que todo parece horrible y sólo deseas haberte quedado en tu cama durmiendo. Aún no queriendo nada y debido a nuestra labor de redactoras intrépidas, decidimos acercarnos a los probadores donde, para nuestra sorpresa y disfrute personal, vemos por lo que realmente han valido la pena el madrugón y los empujones. Señores y señoras, estamos ante el circo de las gallinas. Algunos compradores que han tenido la suerte de disfrutar del primer turno para acceder a la colección de mujer deciden bajar a la planta de hombre a probarse la ropa con más tranquilidad. ¿Y qué pasa? Pues lo más natural del mundo: ante las prohibiciones, ¡viva el mercado negro! ¡En cuestión de segundos se genera una auténtica economía sumergida del luxury-low cost! ¿Cómo? Muy fácil: gracias a esas prendas que no son del agrado de los afortunados del primer turno. Gritos, tensión, espera y la pregunta más repetida: “Oye, ¿eso te lo vas a quedar? ¿Me lo pasas?” El tráfico de vestidos nace entre los vestidores y se expande como una epidemia. Gallinas desesperadas ante la posibilidad de conseguir un Lanvin, no importa ya cuál sea el color o modelo: llegados a este punto, tan solo te importa que sea tu talla, incluso dos menos o dos más (ya se arreglará). Todo esto viene seguido de malas caras y enfados: ¿por qué esa chica lleva la pulsera de las 12:45 y tiene tres vestidos en la mano? ¡Es una vergüenza! ¡Llevo aquí desde las 7 de la mañana y va la fresca que llega ahora y se me cuela!

¿Y quiénes son aquellos madrugadores que han conseguido el primer turno? Pues no hay desperdicio, el target es claro: la pseudomoderna con su amigo gay el estilista. Y no paras de oír frases memorables como: “¡Ay, baby, qué bien te queda!” “¡Jo-der! ¿No te va la talla?” “¡OH SHIT NO!” Un no parar de reír. De lo que es capaz el populacho por un trozo de tela firmado. Ante tal panorama, no puedo parar de pensar en las palabras del Sr. Elbaz al justificar su cambio de opinión ante su negativa inicial de no crear jamás una colección para una marca low cost. Según el celebrado diseñador, lo que H&M pretendía hacer con sus archiconocidas colaboraciones era acercar la marca al lujo y no el lujo al low cost. Pues me parece que se tendrá que tragar sus palabras, porque su nombre jamás ha estado tan cerca de un mercadillo.

Si algo tengo claro es que en TRES minutos, y sin verla, me he aburrido de la colección. Mi concepción del lujo no es una marca, ni una firma, ni un vestido, ni un nombre. Para mí, el lujo es la experiencia. Es sentarme en Hermès y elegir un bonito foulard acompañada de Möet & Chandon y chocolates Godiva; y, sobre todo, sin prisas ni instrucciones. En Hermès, por el módico precio de 300,00 euros uno puede hacerse con una auténtica obra de arte, una pequeña inversión para toda la vida. No como lo que ha pasado hoy. Porque, no seamos ilusos, ¿quién va a querer ponerse cualquiera de las prendas que hoy se han comprado dentro de seis meses? En cambio, un pañuelo Hermès es atemporal, exquisito y un auténtico lujo.

Nuestra visita no ha sido en vano y, como era de esperar, no hemos llegado a la redacción con las manos vacías. Una vez superado el traumático shock de la compra procederemos a probarnos y a estudiar las prendas que tenemos en nuestro poder y emitir el veredicto final… Así que estad atentos si queréis saber cómo es el desenlace de esta mediática historia.

[M. Àngels Jover]

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