En julio, el trendismo mundial se levantaba con la noticia de una colaboración entre Rodarte y Mac. La colección, totalmente exclusiva y en edición limitadísima, estaría basada en un road trip que hicieron las hermanas Mulleavy, que las llevó desde Texas hasta Mexico D.F, e intentaría trasladar las emociones sentidas por las diseñadoras a través de la carretera, se inspiraría en el paisaje y los colores y saldría a la venta mundialmente el 15 de septiembre. Hasta aquí, todo luz y color, maravilloso, maravilloso, como dice el chiste.

El drama despertó poco después cuando se conocieron los nombres escogidos para los diferentes colores. La intención era coger sustantivos que captaran la esencia mexicana por la que las hermanas Rodarte se sentían invadidas desde su chupi viaje en plan “Crossroads“. Un blush rosa que se llamaba Quinceañera (hasta aquí bien, cutrecillo pero llamativo), un lipstick blanco que se llamaba Ghost Town (aquí ya empieza el tono tasteless de toda la historia), otro que se llamaría Factory… y un pintauñas rosa que sería la estrella de la colección (mientras existió): Juarez. Un sustantivo edgy, fashionista, atrevido, que capta la atención: con dos cojones. Las Rodarte sisters se cubrían de gloria utilizando tres conceptos más peligrosos que un cojo con una caja de dinamita y pasaban por encima del hecho de que Ciudad Juarez es una de las localidades con el índice de criminalidad y de desapariciones más elevado del mundo, además de que allí ser mujer y tener entre 12 y 22 años es sinónimo de acabar enterrada con una mascarrilla de tierra permanente sobre la cara, que el término “pueblo fantasma” se acercaba peligrosamente a la ofensa, que Factory hace referencia a las fábricas donde trabajaban muchas de las mujeres desaparecidas y que a lo que dos pijas de NYC les pudiera parecer pintoresco, a las gente que allí vive no les puede hacer mucha gracia. A nadie pareció importarle porque la maquinaria ya estaba en marcha para que la aventura mejicana de Kate y Laura saliera al mercado en la fecha señalada.

El problema vino cuando una bloguera concienciada acusó a esta colección de tener “mal gusto”, ponía el dedo en la llaga, incitaba al debate y el huracán mediático levantó tanto polvo como una camioneta vieja tirando millas en el desierto. Cuando se les preguntó a las Rodarte sobre su estupenda idea, no se les ocurrió otra cosa que decir que en ningún momento habían caído en la problemática de tan pintoresco pueblo (con sus cruces y sus rosarios), que su colección solo quería ser “una celebración de la belleza del paisaje y las gentes de las zonas por las que viajaron, y que encontraron muy romántico el hecho de que esas mujeres desaparecieran en medio de la etérea naturaleza”. Desde MAC dieron varios pasos para solucionar el entuerto: publicaron comunicados pidiendo perdón, anunciaron que donarían todo lo recaudado a asociaciones que ayudaran a las familias, cambiarían los nombres de la polémica… pero el chocho en internet y en los medios era tal que cada iniciativa que sacaban para salir del paso resultaba peor y ponía más en evidencia el poco tacto y la empanada mental de a quién se le ocurriera aprobar semejante iniciativa.

El mundo (así, en global y a lo grande), tomaba posiciones: por un lado estaban los que les acusaban de insensibles, de petardos, de sexistas. Por otro, los que estaban a favor de que el tema de Juárez -como otras problemáticas sociales- salgan a la palestra sea de la forma que sea, pues así se conciencia a la gente sobre el tema… La presión ha sido tal que MAC anunciaba hace unos días que cancelaba la colección. El fashion road trip de las Rodarte se quedaba en un pollo de dimensiones descomunales que ha provocado infinidad de debates sobre hasta qué punto puede ser frívola la Moda y donde están los límites entre la superficialidad y el mal gusto. Una línea fina, delgada y peligrosa sin el que ésta sería de lo más aburrida y carecería, por completo, de ningún sentido.

[Estela Cebrián]

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