D’A 2016 (III): confusión de género, imperio europeo…

El Tesoro

Y llega la última crónica de este D’A 2016 que, a título personal, debo decir que ha tenido un gran nivel con una mayoría de películas que se han movido casi siempre entre el bien y el notable. Mis últimas tres reseñas confirman esta dinámica con la inteligente “El Tesoro“, la póstuma “Cosmos” del fallecido Zulawski y, finalmente, la brasileña “Toro de Neón” con reminiscencias del mexicano Carlos Reygadas. Vamos allá.

El Tesoro” podría definirse como si los personajes de una película de Aki Kaurismäki se encontrasen en uno de los sketch de una de Roy Andersson. Con el telón de fondo de la crisis económica, Corneliu Porumboiu pone el foco en la sociedad rumana y sus comportamientos, y lo hace partiendo de una premisa tan identificable en el cine como es la búsqueda de un tesoro.

Dos amigos y vecinos emprenden esta aventura cuando uno pide ayuda al otro debido a sus problemas económicos y le cuenta que, si colabora con él, le dará parte de la recompensa. Uno de los mayores valores de la historia es cómo integra el humor a través de los diálogos y la prolongación de algunas situaciones que de por sí podrían no resultar cómicas pero que acaban reforzando el punto absurdo-delirante de la propuesta. Y es que la capacidad de Porumboiu por sustraer segundas lecturas de muchas de sus imágenes es asombrosa y hace de su iconografía uno de sus principales valores.

El de Corneliu es un film minimalista pero incisivo y con aspiraciones de lograr que el espectador saque sus propias conclusiones y significados sobre lo que está viendo, y que no se quede sólo en la anécdota de las diferentes situaciones que van desfilando por la pantalla. El final, brillante y desconcertante a partes iguales, pone patas arriba (o no) el conjunto la obra, y eso es en buena parte lo astuto de esta admirable y original producción rumana.

Cosmos

Después de ver “Cosmos“, la obra póstuma del polaco Andrzej Zulawski (adaptada de la novela del mismo nombre del escritor Witold Gombrowicz), no es fácil sentarse a escribir sobre ella y poner en orden las ideas ante el caos y la anarquía que uno acaba de presenciar. Porque de eso trata, en parte, la última película del director de “Lo Importante Es Amar” (1975) y “La Posesión” (1981), del caos y del sinsentido de ese cosmos en el que vivimos y lo que se deriva de ello; que nuestras relaciones personales y nuestras emociones sean igual de desordenadas y confusas.

Cosmos” hace que el espectador, para bien o para mal, no sienta ninguna indiferencia durante los 103 minutos de su duración, porque te agarra y no te suelta. La noción de desconcierto, de bofetón y de no saber qué ocurrirá en el segundo posterior es constante. La cámara de Zulawski genera una sensación de anarquía y catarsis constante en la que sus personajes parecen decir todo lo que piensan y sienten en todo momento, en la que el montaje de imágenes y sonido es un juego constante con cortes abruptos que desconciertan a cada rato y en la que reina el histerismo y sobre todo el histrionismo.

Las emociones y los sentimientos son llevados al paroxismo -propio de Zulawski, por otra parte- en una película que se siente una gran burla, una broma cósmica acompañada de muchas y variadas referencias literarias –Stendhal y Sartre son dos de los pilares principales- y también cinéfilas –Dreyer, Bresson, Ophüls o la propia filmografía del director- que danzan alrededor de esa tragicomedia sobre una existencia absurda llena de relaciones humanas como tal y de sentimientos que provocan todo tipo de reacciones irracionales más cerca de nuestra condición animal -hay importantes simbolismos en la cinta- que humana.

Una película provocadora en un sentido amplio, tanto en la búsqueda por dinamitar su narrativa constantemente como por hacerlo también a un nivel más conceptual, logrando que ésta sea algo inclasificable. Y es que la cinta abraza relaciones de todo tipo y coquetea con diferentes géneros. En “Cosmos” abunda especialmente el humor, tanto en sus diálogos como en las situaciones y acciones llevadas a cabo por los personajes.

Como obra póstuma de su director y culminación de una carrera, estamos ante una idea que podría rozar lo brillante. Como película de por sí resulta difícil de enmarcar en la simple etiqueta de buena o mala, pero lo que sí se siente es un trabajo imprescindible completamente bañado de amor enfermo hacia el cine y su forma de expresión.

El Toro de Neón

Toro de Neón“, por su parte, es el segundo largometraje del director recifense Gabriel Mascaro, un joven de 32 años que con sólo dos largometrajes acumula cuanto menos una fuerte y marcada personalidad a la hora de ponerse detrás de la cámara. Algo que se puede evidenciar en la cinta que nos ocupa, ambientada en el mundo rural y con un remarcado estilo visual que crea un contraste muy atractivo entre ese paisaje árido de las Vaquejadas de Brasil donde ocurre la historia y otras imágenes más estilizadas y coloridas que se van integrando en la película.

Mascaro capta muy bien la cotidianidad del lugar y de las vidas de los personajes: el protagonista es un hombre con aspiraciones mucho más grandes de las que le puede ofrecer su situación actual como organizador de rodeos. Y la familia y amigos que le acompañan sienten de algún modo un anhelo similar. También es destacable la relación que se establece entre hombre y bestia en esta película -dando pie a imágenes muy potentes y sugerentes- y cómo estas relaciones definen la naturaleza y relaciones de los personajes.

Toro de Neón” se mueve entre dos mundos contrastados y pretende hacer de su cotidianidad un fundamento para hablar de una realidad palpable y de la dificultad de huir de ella o incluso de cambiarla. A partir de esa realidad local, nos habla de los problemas de toda una sociedad, de los roles que se perpetúan, de una condición animal inherente a cada uno de nosotros y otros temas que aparecen de forma sutil durante la cinta.

Quizá se le puede reprochar a Mascaro una falta de uniformidad narrativa, ya que la película se siente a veces un cúmulo de situaciones que no encuentran un engranaje o un punto sobre el cual agarrarse, y eso puede jugarle en contra. Sin embargo, también es innegable la fuerza de sus imágenes y todo el subtexto que se puede extraer en medio de ellas.

 

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